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jueves, 21 de mayo de 2015

Contribuido por el señor XX-17. Habría ocurrido en 2012.

El subte repleto, yo con mi jermu, atrás de ella se pone un tipo joven.
Habíamos subido en estación Perú, el tipo en Piedras, línea A obviamente.
Yo veía que el flaco le miraba la nuca a mi mujer.
El tipo andaría en 30 años, quizá menos; yo tengo 43, ella 34.
Mi mujer tiene un lindo culo y buena conchita. Lolas paraditas, pezones marrones grandes.
Como para chuparla bien, bien.
Dicen que las aureolas de las tetas aumentan cuando ellas cogen mucho…
De pronto me di cuenta de que el tipo la estaba apoyando.
Él no sabia que yo estaba con ella. Pensaba que estaba sola.
Como vi que ella no decía nada, me hice el boludo, ¡qué digo!, el reboludo. Así que yo solo miraba de reojo.
La dejé para ver qué hacía.
El flaco la apoyaba y se movía contra sus nalgas.
Ella al rato se dio cuenta de que yo me había avivado de todo.
De pronto el tipo va y le manda la mano por debajo de la pollera.
Ella primero se sorprendió, pero como buena turra enseguida disimuló indiferencia para no avivar a nadie de los que estaban alrededor.
Le hice señas al chavón para que siguiera tranquilo, ahí el tipo se dio cuenta de que estaba con ella.
Pero el chavón no sólo se la siguió franeleando por atrás sino que encima le mandó mano también por adelante.
Mi mujer ya estaba remojada. Nadie se avivaba porque estábamos todos muy apretujados y los tres como hacia un rincón.
En una de esas sentí que las tetas de mi jermu se enconaban.
Tenía los pezones bien duros y en punta contra mi camisa.
Nunca los había sentido tan duros, la hija de puta estaba disfrutando como una guacha el manoseo y la franela.
Pero no podía gemir ni nada, sólo dejarse hacer.
Yo la manoseaba y llegué a decirle alguna guachada al oído.
Entonces ella, viendo que yo estaba de acuerdo, puso su mano hacia atrás.
Lo palpó de armamento y, según ella, el tipo tenía buena verga.
Ahí el guacho se bajó el cierre y la ayudó a que le metiera la mano.
Ella primero sintió el calzoncillo pero escarbando, escarbando, logró al fin agarrarle la pija.
No saben lo caliente que se los veía, una delicia ver a los dos revolear los ojos y aguantarse el jadeo para que nadie del entorno se avivara.
Porque incluso este guacho llegó a apoyarla con la pija afuera.
Ella me dijo que después se la puso entre las piernas.
y debió ser así porque al llegar a casa tenía la entrepierna toda resbalosa.
La cosa no paró ahí, también le mandó la mano por debajo de la bombacha.
Lo sé porque la mano del tipo se chocaba con la mía. El tipo primero fue al clítoris pero después le pasaba un dedo por toda la concha.
Y como el subte se movía, más la tocábamos y era obvio que ella más disfrutaba.
Cuando sentí que los dos compartíamos su concha, entonces llevé el dedo del tipo adentro de la vagina y enseguida puse un dedo mío también.
El tipo entendió el jueguito y me guiño un ojo. La empezamos a coger con dos dedos, uno de cada macho, como si fuera de una sola mano.
Le metíamos los dos dedos lentamente y se los sacábamos pegaditos hasta que logramos darle un ritmo como si se tratara de una doble pija.
La estábamos cogiendo juntos con nuestros dedos.
Ahí ella llegó a un par de orgasmos, según me dijo después en casa. Yo ya me imaginaba porque sentía que largaba toneladas de jugo.
Bajamos con mi jermu en Primera Junta.
El tipo no bajó. Fue una lástima, hubiéramos querido que bajara.
Nos quedamos en el andén unos segundos pero el tipo miraba para otro lado. Se había distraído, quizá buscando otro buen culo.
Después nos dijimos con mi jermu: qué boludos, hubiéramos seguido hasta Flores.
Pero bueno, uno se aviva después.
Ella tenía los ojos desorbitados mientras caminábamos hacia casa.
Al llegar no aguante y la puerteé en el ascensor, le corrí la tanga a un costado y ella se franeleaba contra la punta de mi verga.
Al principio estaba medio quedada, reticente para contarme, pero yo insistí en preguntarle y al fin me fue diciendo todo en la medida que la alentaba y la puerteaba más fuerte.
Me contó todo lo que había sentido con ese guacho y conmigo, que la habíamos hecho llegar dos veces con los dedos unidos en su vagina, turros, agregó colorada pero muy excitada. 
Ya en casa cogimos como locos contra el piso. No cerré la puerta del departamento, quería que sintiera el riesgo de que algún vecino pasara y nos viera desde el pasillo.
No pasó nadie pero igual me reprochó que fuera tan guacho.
Nunca nos había pasado algo así y ella era un volcán en el piso.
Le dije que si pasaba otra vez, al tipo del subte lo traeríamos a casa porque quería ver como se la cogía en nuestra cama.
—Cuando lo encuentre de nuevo lo traigo a casa para que te coja bien cogidita. Y quiero ver cómo acabás en doble penetración.
Ella cogía y me decía: sos un hijo de puta, sí, sí, traelo, traémelo.
Acabamos como locos.
Al otro día seguía caliente pero ahora me dice que no sabe, que tiene miedo, que fue una calentura de momento, como una aventura.
Que tiene temor de que yo la vea como una puta… en fin.
Igual cada vez que se lo recuerdo mientras la cojo a la noche, ella se pone a mil.
Hasta cuando estamos comiendo si le digo ¿te acordás del tipo del subte?, ella me pide que la lleve a la cama.
Un swinger de experiencia me recomendó que de encontrarme al tipo lo invite a un café y le pida el celular.
Que después le diga a mi mujer que tengo el número encima y que se tome el tiempo que sea para decidirse.
Dice que eso es una tentación enorme, que en menos de un mes me va a pedir que lo llame al tipo para venir a casa.
Y que yo dé vueltas y vueltas hasta que ella me lo ruegue.
Creo que voy a hacer eso pero antes debo encontrarlo en el subte.
Vuelvo todos los días a esa hora, yo sé que alguna vez me lo voy a encontrar…

(El subte)




jueves, 7 de mayo de 2015

Contribuido por el señor XX-18.

Esa chica no era una chica, era un monumento.
Hija de lituanos, alta, rubia, voluptuosa, unas lolas de 100 cm y un culo de película, encima linda de jeta, unos 25 años más o menos.
Vivía entonces por la línea del Ferrocarril San Martín.
Pero ese día tomó el Ferrocarril Belgrano que va a Don Torcuato, parece que había un accidente en la otra línea.
A la hora que lo tomó, las 19, el tren venía al tope, te hablo de hace muchos años, por 1975 o 1980…
Viajé mucho en ese tren y te aseguro que por la época a que se refiere, los apretujones eran así a esa hora.
En Retiro algunos entraban hasta por las ventanillas para conseguir asiento, las ventanillas eran por entonces del tipo guillotina.
Ella misma se lo contó a mi mujer con la que son muy amigas.
No voy a citar nombres, obviamente.
A la altura de la estación Saldías a la rubia la apoya por detrás un morochazo enorme.
No había dónde corno moverse de apretujada que estaba la cosa.
El morochazo estaba al palo contra el culo de la mina.
Ella trataba de zafar pero era imposible, paredes humanas por todos lados.
Dicen que esas apoyadas se dan muy seguido en las horas pico.
A mí me pasó una vez que una culona me apoyara el trasero viniendo en un colectivo sin que yo lo buscara.
Bueno, no me desvío, el morochazo estaba bien al palo contra el culo de la rubia.
Otro tipo enfrente de ella se avivó que la mina quería zafar.
Ve que la rubia da vuelta como puede la cabeza para mirar con cara de orto al que tenía atrás apoyándola justamente en el ídem.
Cualquier guacho diría qué boluda, ja, ja, ja.
El morochazo de atrás se hacía el boludo mirando al techo, clásico, pero sin rebajar un milímetro la apoyada.
Y ahí el morocho de adelante la entra a franelear de frente.
Si el otro puede… ¿por qué no yo?
La mina se pone colorada pero no protesta.
Le dijo a mi mujer que sentía dos enormes aparatos.
Al rato empieza a moverse levemente también el de atrás.
Encima el bamboleo del vagón, ese ferrocarril es de trocha angosta y se mueve más que un bote en medio de una marejada.
A la altura de Ciudad Universitaria la mina ya estaba que ardía porque los tipos iban a ritmo y ni en pedo quería zafarse, así le confesó a mi mujer.
Además siempre le habían gustado los morochazos.
Astaba hasta la coronilla de que los viejos le dijeran que debía casarse con un lituano, hijo de lituanos , que tuviera cien generaciones de lituanos encima.
O a lo sumo con un alemán o escandinavo, pero lituano mejor, nena.
De hecho se casó sí, años después, pero con un latino y la familia tuvo que comérsela. Semejante minón cómo no se iba a casar.
Al acercarse a Aristóbulo del Valle la rubia piensa que ahí bajarán muchos pasajeros.
Cierto que subirán otro tanto. Pero que en el ínterin quedarían menos apretujados, aunque más no sea por unos minutos.
Para entonces ella estaba a full de caliente.
Encima entre dos morochos por falta de uno.
Pensó: ¡qué lástima, pronto habrá que separarse!
Al llegar a Aristóbulo, la mina busca meter mano en la bragueta del de atrás, que sea a modo de despedida, piensa.
Entra a putearse en silencio porque la bragueta era con botones y no de cierre relámpago.
Pero el tipo de atrás, muy atento, le conduce la manito.
El tren por fin se detiene en Aristóbulo.
Muchos pasajeros salen, pero ella ve con alivio que también entran muchos.
Un malón por la puerta que está frente a ella… pero a la izquierda del malon, otro malón que sube a la par.
Todos a los empujones y a las puteadas.
Hay gente capaz de matar por un asiento en hora pico.
En medio del bolonqui, el morochazo pegado al trasero la atrae despacito hacia la puerta cerrada que está a su espalda.
Con disimulo, el morochazo de frente sigue el movimiento, ella se deja guiar. Para entonces son un sándwich perfecto.
Sienten empujones y apretujones por todos lados.
Montones de tipos apurados hacia todas partes.
Nadie da bola a nadie, lo que menos hacen es fijarse en ellos tres.
la rubia ve de reojo que el de adelante le guiña un ojo al de atrás y alcanza apenas a disimular la risa.
Quedan en un rincón, entre un tabique del vagón y la puerta cerrada del lado derecho del tren.
El morocho de atrás pela su verga apretada contra el culo de la mina.
La mina tiene minifalda, ella siente que se la levanta.
Pero antes la rubia cierra su mano en el fuerte tronco del morocho trasero.
El del frente se aviva que la mina ya hace como un semijadeo.
Y ahí le dice al oído: bajame el cierre, rubia.
Ella no dice nada, pero un minuto después se lo baja.
Los tipos repegados a ella.
Ella con un tapado en la mano y el de adelante con una campera.
Ambas prendas puestas sobre el antebrazo que mejor los protege de miradas indiscretas. Del lado del tabique no hace falta, el tabique basta y sobra para cubrirlos de curiosos.
El de atrás se mueve lenta pero constantemente.
Ella vuelve a hacer un medio jadeo y frunce el ceño.
El de adelante entiende que algo pasa.
Se le acerca al oído: ¿te está cogiendo en serio, rubia?
Ella no contesta pero lo mira con ojos de vaca y abre la boca a pleno.
El de adelante sonríe, era fija que el otro la estaba empomando de cola.
Entonces el del frente le corre con su pija alzada la bombachita hacia el mismo costado que el otro ya le había corrido antes desde atrás.
Ahora ella siente la pija puerteando su concha.
La rubia le dijo a mi señora que ya no veía la hora de que el de adelante se la pusiera de una vez.
Separa todo lo que puede las piernas, las arquea para facilitar la cosa.
El de adelante entre bamboleos del tren y fallas en su ataque logra al fin colocársela.
La mina ya tiene las dos vergas bien adentro.
Al llegar a Boulogne el de adelante les dice al oído, mientras la siguen bombeando despacito, casi imperceptiblemente, que debe bajar ahí…
Ella le pone cara triste y entonces el tipo se queda.
Al ratito le sacan las dos vergas y las guardan como pueden.
Sabían que era mucha la gente que bajaba en Boulogne, no era igual que en Aristóbulo.
Así que dejan de cogerla.
La gente baja en malón.
Ella les avisa que debe bajar en Don Torcuato.
El de atrás le dice que vive más lejos, en Del Viso, pero sabe que en Don Torcuato hay un bosquecito muy piola, cerca de la estación.
El de Boulogne le pregunta si está de acuerdo.
Todo esto de oído a oído para que nadie se dé cuenta.
En ese tiempo no había telos swinger ni nada parecido.
Ella no habla pero asiente con la cabeza.
No ve la hora de que la penetren de nuevo.
Al bajar del tren en Don Torcuato, los tres caminan como si nada por el andén.
Lo hacen en fila india, el morochazo de atrás ahora está delante de ella y les hace de guía.
Cruzan tranquilos las vías pasando al andén que va a Retiro.
Mucha gente que bajó con ellos va hacia las paradas de los colectivos que están hacia el lado del Hindu Club.
Por un momento se detienen para que la gente los vaya superando, no se hablan, ni siquiera se miran, sólo se comunican por señas disimuladas.
Cuando todos pasaron, los tres prosiguen muy lentamente.
El morochazo que hace de guía sigue la veredita que bordea el bosquecito.
La rubia ve que tiene buenas espaldas y mejor cola.
Al que la sigue no hace falta mirarlo, lo tuvo todo el tiempo de frente mientras la cogían.
A esta altura mi mujer le preguntó si no le daba miedo ir con dos desconocidos a un lugar tan apartado.
La rubia le dijo sonriendo que ya no eran “tan desconocidos”, pero que además estaba recaliente. Y por los anillos sabía que eran casados.
Mi mujer le dice: ¿y qué importaba que fueran casados?
La rubia contesta: no sé, me daban más seguridad, sabía que no me iban a hacer daño, sólo pretendían lo mismo que yo.
Entran al bosquecito cuando ya no hay nadie a la vista.
Ya es de noche, son como las 20 o quizá más.
Se meten muy profundo entre los eucaliptos.
La luna filtra una semi penumbra entre esos árboles inmensos.
El que hace de guía le dice: ¿te parece bien acá, rubia?
Ella sonríe y dice: sí, es un buen lugar…
Los tipos se sacan los pantalones y los calzoncillos.
Ella les abre las camisas, quiere ver y sentir esas pieles.
La acarician a dúo.
Uno le dice: no te saques nada, rubia, nosotros nos encargamos…
Ella encantada, besa esos cuerpos divinos mientras siente que la van desnudando con delicadeza. Esos cuerpos fuertes, oscuros, esos cuerpos que contrastan con su piel tan blanca.
Ponen las camperas en el suelo armando la cosa a modo de cama, después todo el resto de la ropa arriba.
Encima de todo el tapado de ella con el interior sedoso hacia arriba.
Le preguntan si está bien, ella les dice que está encantada.
La besan en el cuello y la espalda, uno de ellos sigue hacia abajo mientras el otro le come la boca.
Con el de Boulogne se meten las lenguas hasta donde pueden, mientras siente que la lengua del de Del Viso juega en su clítoris. Es obvio que son casados, piensa, saben hacerlo…
Se habían olvidado de sacarle el corpiño pero cuando ven que ella misma se lo saca, van juntos hacia los dos pezones.
Ella siente en paralelo una boca en cada pezón.
Los tipos incluso cambian de lugar para chupar el pezón que no chuparon antes.
No paran de decirle que es una mujer preciosa.
Ella encantada de tener dos machazos para ella sola. Se imagina en medio de una selva durante meses, años.
Desde chica le gustaban los tipos así.
—Los rubios —dice— me caen insulsos.
La besan en la boca, en el cuello, por la espalda, por todos lados.
En un momento uno de ellos, el de Boulogne, le mete la lengua en el culito mientras se está besando con el otro.
Ella responde como una gata a todos los mimos.
Y por fin dice: háganme lo mismo que en el tren, nunca nadie me hizo algo así.
Ellos se ríen y le contestan que tampoco ellos habían hecho eso jamás.
El de Boulogne entonces la toma de la cintura y la pone en cuatro patas.
Ella clava sus uñas en el tapado de piel y él su pene dentro de ella.
El otro observa satisfecho mientras toquetea su pene para que se ponga bien duro.
Ella siente que su culito cede a la presión del de Boulogne y se abre con facilidad, la saliva había dado resultado.
Ve que el de Del Viso ahora se masturba lentamente, quiere estar bien alzado para cuando tenga que intervenir.
El de Boulogne se tira de espaldas sobre el tapado con ella empalada encima desde atrás y se la ofrece al otro morocho para que la penetre vaginalmente.
Ella escucha que el de debajo le dice al de arriba: ¿viste qué concha divina que tiene?
Y el otro que contesta: sí, es divina, muy cálida, jugosa, perfecta.
Ella jadea, la pone a mil que los tipos hablen de ella entre ellos mientras la cogen duro.
Esos tipos me volvieron loca, le dice a mi mujer.
Ella se mueve como puede entre esas dos murallas de carne.
Sentía sus músculos, besaba el cuello del de arriba y se dejaba besar el cuello y la nuca por el de atrás.
De tanto en tanto ella misma dejaba una boca y pasaba a la otra.
Movía la lengua cada vez que podía meterla entre los labios de alguno.
Se da cuenta que ahí puede jadear y gritar a su gusto.
En el tren tenía que reprimir los jadeos y llegar a orgasmos silenciosos.
Al verla jadear y pedir más y más, los tipos se entusiasman, le dicen cosas:
—Seeee, así, así, vamos, cogé, cogé, rubia, dale, ay que linda que sos… 
Al fin siente que le eyaculan en el culo.
Ella dice: no leche, no.
Lo dice más por excitarlos y excitarse que por otra cosa, el chorro fue potente.
El de adelante le dice: sí, sí, rubia, y además te voy a preñar.
Pura excitación, la mina no estaba en tiempo de quedar, se los había dicho entre Boulogne y Torcuato, así que valía toda fantasía.
Así que ella sigue la tierna mentira: sí, sí, sí, háganme un machito igual que ustedes, qué digo uno, dos, quiero dos como ustedes…
El que está dentro del culo cambia y trata de entrarle por la vagina sin mover su posición.
Al contarle a mi mujer, la rubia tenían los ojos chispeantes.
El de abajo por fin lo logra, ella está ahora con las dos vergas dentro del conducto vaginal y aúlla de placer.
Nunca tuve algo así, nunca, le dijo a mi mujer.
Al fin siente una eyaculación, no puede precisar bien si es el de arriba o el de abajo. Tampoco le importa porque al minuto recibe otro lechazo que la deja plena.
Los dos se preparan para levantarse pero ella les pide que se sienten.
Ahora ella dirigirá la cosa. Ellos sonriendo la dejan hacer.
Ven como la rubia succiona una pija, la deja, y va por la otra.
Ellos se miran, y uno le dice al otro: la verdad es que es para llevarla a casa.
Y el otro que contesta: sí, el tema es qué hacemos con nuestras brujas.
Los tres se echan a reír, y ella sigue chupando cuanto puede, pasando la lengua, limpiando agradecida.
Chupa y chupa hasta que los dos penes pierden turgencia.
Al rato se paran los tres, ellos la ayudan a vestirse, vos no hacés nada, y la visten como buenos caballeros.
Nadie habla después aunque se sonríen, no se atreven a preguntarse sus nombres.
Los dos morochos la acompañan hasta la parada del colectivo.
Mientras esperan, uno de ellos, el de Del Viso, parece querer decirle algo, el otro mira expectante. Pero no se atreve a decir nada, después hace un gesto de desconsuelo, murmura algo que nadie entiende, o que todos entienden.
Ella le confiesa a mi mujer que si le pedían el teléfono no se los hubiera dado pero que habría aceptado el de ellos.
El colectivo llega, ella sube, ellos se quedan un rato como esperando algo frente a la ventanilla.
Son buena gente, piensa ella.
De pronto ve que al de Boulogne se le está cayendo una lágrima, del otro no sabe porque se está mirando la punta de los zapatos pero intuye que también está triste.
Cuando el colectivo parte, ella los saluda con la mano, después no puede detener el llanto, sabe que no los verá más

(El tren)


miércoles, 6 de mayo de 2015

Contribuido por el señor XX-13. El hecho ocurrió posiblemente a fines los años ‘70.

Primera parte
Mi mujer era muy guachita de joven.
Trabajaba como personal civil en una dependencia de la Armada.
El jefe de ella era un marino, un tipo alto como de dos metros.
Tenía fama de vergón.
Mi mujer es chiquita aunque bien tetona: 1.52 maso pero con tetas de 95
y buen culito.
Al tipo lo conocí.
La fama de vergón se la hicieron dos minitas de la oficina que habían cogido con él.
Y el tipo jodía siempre diciendo: calzo 45.
El juego de palabras era triple: su medida de zapato, el arma reglamentaria y el misterioso largo de su verga.
Así que mi mujer, 20 años entonces, se propuso ver si era real esa medida.
Una tarde se quedó a revisar un expediente en el despacho de él, escritorio de por medio.
Llegó la hora de salida y todos se despidieron pero ellos se quedaron.
Mi mujer es linda y el tipo entendió que quizá podía cogérsela, que al menos valía la pena intentarlo.
Pasada la hora, ella le dice:
—Hay resolver esto, jefe.
—Sí, hoy mismo… —contesta él.
—Porque para mañana tenemos el otro expediente, ¿recuerda?
Pero el tipo le dice:
—No me refiero a este expediente sino a lo que pasa entre vos y yo, nena.
Ella se puso roja porque suponía que el tipo iría con más tacto. Se quedó dura.
—¿No te parece, nena?
El tipo estaba apoltronado del otro lado del escritorio en una silla giratoria y ella vio que tenía un enorme bulto.
El tipo le dijo: ¿y?
Y ella pensó que era ahora o nunca.
Se levantó, rodeó el escritorio y se paró delante de él.
Se le acercó para que la besara pero él le dijo: vos no querés besarme.
Ella no sabía qué hacer, estaba medio en off-side.
Y ahí el tipo le dice: vos tenés curiosidad por otra cosa, el otro día te oí que se lo decías a Ramírez, tu compañera.
—Dale, comprobalo, es solo un segundo.
Y el tipo insistió: es un segundo, comprobás y seguimos con el expediente..
Ella se inclinó hacia el bulto y tocó la bragueta, estaba decidida y jugada
sino para qué corno había dado la vuelta al escritorio…
El bulto estaba enorme.
El jefe: vamos es un segundo, ves lo que tenés que ver y seguimos.
Así que ella fue y tocó los botones de la bragueta y empezó a filtrar un dedo.
Él le dice como cantando: si no desabrochás no vas a ver nada…
Y ahí ella pensó ma sí, qué puedo perder, ya se lo cogieron dos de acá, y quizá otras cuatro o cinco que se lo tienen guardado.
Empezó a desabrochar, los botones estaban duros y ella nerviosa.
Él le decía: vamos, abrí, abrí.
Al fin logró abrir la bragueta.
Y él: vamos, meté la manito, ¿no querías saber?
Ella mete la manito y siente tras el calzoncillo un bulto tremendo, durísimo.
Busca y rebusca.
Y él: levantá la tela… así, así, de costado, vamos, sé buenita…
Y ella que se excita con el juego y la voz del tipo.
Y al fin logra sacar la verga.
Se quedó pasmada: eran dos baldosas y media, qué hijo de puta.
Una cosa enorme.
Sólo el glande, me dice ella, medía de largo como el ancho de una mano.
Empezaba bien en puntita y después la cabeza seguía como una punta de lanza y encima el tronco que no terminaba más…
Y ella con eso en la mano.
Y el tipo que le dice: ¿seguimos con el expediente?
Y ella que se arrodilla sin que se lo pidan.
Cuando me lo contó, años después, le dije ¿por qué te arrodillaste? y ella me dijo ¡no me iba a perder eso!
Qué hija de puta.
Jamás vi de ese tamaño así que me arrodillé.
Pero el guacho se arrellanaba más y más en su sillón, de manera que la verga apuntaba bien al cielorraso.
Ella arrodillada pero la punta del glande superándole el nivel de la boca.
—Levántese un poco, jefe.
—¿Para qué? Hay que seguir con el expediente.
El tipo se divertía y la hacía desear.
Toda una técnica.
Al fin, ella la calzó en la boca y según cuenta era suave.
—Vamos, chupá, putita, vamos chupá, ¿no querías saber?
A mi mujer le decís putita y se pone a mil.
Y ella chupando a toda máquina…
De pronto ella se detiene y le pregunta ¿cuánto mide esto, jefe?, mientras lo pajeaba y lo miraba pasmada.
—Que sé yo, fijate con la regla, nena.
El guacho sabía que cuantas más minas se cogiera más publicidad tendría,
parece que llegó a bajarse como a 50 minas de esa dependencia, decían, no sé.
Ella agarra y la mide, superaba los 45 cm.
El glande apenas le entraba todo en la boca.
Y eso que mi jermu tiene boca grande.
Al fin el tipo le dice: la verdad me calentaste, sos una linda yegüita.
Se levanta y le vuela el suéter.
Ella recaliente se desabrocha el corpiño y lo deja caer.
Él que le dice: ¡mirá qué lolas que habías tenido!
Ella, orgullosa, se hace la macha y le dice: ¿qué?, ¿le gusta, jefe, nunca las había imaginado?
Él se abre más la bragueta, ella en bolas de cintura para arriba.
La verga del tipo en el medio de los dos.
Ella amaga chupársela de nuevo.
Pero él la da vuelta y la pone de panza contra el escritorio.
—Agarrate del otro borde, nena.
Ella se agarra.
Él le pone un dedo en la boca y se lo hace chupar pero cuando la toca abajo ve que mi mujer tiene la bombacha mojadísima.
Entonces sin sacarle la chabomba, apenas levantándole la pollerita, la entra a puentear.
Ella le grita: sáqueme la bombacha, jefe, sáquemela.
No lo tuteaba y él la sigue puerteando corriéndole la bombacha hacia un costado.
Y ahí ella siente que la punta está entrando, que el tipo la está calzando.
—Sáqueme la bombacha, jefe.
Y ahí, el muy guacho le dice: a las putitas no se les saca la bombacha.
Y se la entra a meter.
Dice que no terminaba nunca de entrarle.
Cuando sintió los pendejos del tipo contra las nalgas dijo: ¡por fin!
La calentura de mi jermu ya era tremenda.
El tipo vio que mientras le entraba, mi jermu se sacudió dos veces.
Y es así, cuando está muy caliente pueden venirle dos o tres orgasmos seguidos apenas la penetrás.
Ahí la empezó a bombear duro.
Agarrándola de las tetas.
Ella con un orgasmo tras otro.
Llega a los que uno quiere cuando se pone bien puta.
El tipo le hizo llegar a cuantos quiso.
De pronto saca la pija bien mojada…
—Por ahí no jefe, no, por favor no.
—Por ahí sí, putita, por ahí también.
—No, jefe, noooooooo…
—Sí, sí, putita, por ahí también…



Ella dice que el culo parecía estallarle y eso que ya se lo habían roto varios novios.
La verga, mojada por el jugo de ella misma, sentía que avanzaba y se metía a bocha.
Veía todo rojo. Muy rojo.
—Pare jefe, por favor no, jefe, no, no, por atrás no.
De pronto se abre la puerta.
Se habían olvidado de cerrarla con llave.
El tipo de la limpieza, un tipo cuarentón, se queda paralizado al ver de frente a una minita con las lolas colgando que grita por atrás no jefe, por atrás no que duele…
Y a un tipo altísimo detrás empomándosela.
El jefe sin dignarse a dejar de bombearle el culo le grita al tipo que se vaya, que no tiene por qué estar ahí.
El tipo tarda en reaccionar y retrocede despacio, fascinado por esas tetas y la cogida que las sacude a full.
—Cierre la puerta, carajo.
—Jefe, hay que poner llave, jefe, pare, puede entrar otro, pare…
—No hay nadie más que ese pelotudo, no voy a parar ahora que estoy bien adentro de tu culo, nena.
—Ay, ese tipo debe estar espiando por la cerradura, jefe.
—Y qué, solo te está mirando a vos, las lolas ya te las conoció al entrar.
Así que no paró hasta lechearla bien en el orto.
Al otro día, mi jermu se reía, se había dado el gusto con una pija para el Guiness, ahora podía saber de parte de las minas quién mentía y quién no.
Y encima la había visto coger un boludo que seguro se había hecho la paja mientras la espiaba detrás de la cerradura.
¿Que más se pude pedir?, me dijo la guacha cuando me lo contó.
Pero…


Segunda parte
A los dos días, al salir del laburo, el tipo de la limpieza se le cruza en la vereda y la encara.
Le dice que estaba muy excitado por lo que vio esa noche.
Y ella le contesta: lo felicito, ahora olvídese y listo.
Y él le dice: no, no me entendés…, quiero hacerte lo mismo.
—Ni loca, con usted ni loca.
Y él: no entendés, lo sabrá todo el edificio si no lo hacés conmigo también. Quiero cogerte y tener esas tetas, ¿entendés?
Y se acercó a manoseárselas.
Ella terminó cediendo.
Al tercer día el de la limpieza la cita en el subsuelo, después del horario de oficina, por supuesto.
Ella entra y ve que había un camastro en medio de cajas y cosas en revoltijo.
El tipo la desnuda y le hace chupar la verga.
Ella dice que tenía una pija como de 20 cm.
Al rato se abre una puerta de más adentro.
Aparece un pendejo, como de 18 años más o menos.
Ella se asusta y él le dice que se tranquilice, que es su hijo.
Ella le dice que con dos no, que el pacto era con él solamente.
Y el tipo le dice: mi hijo es virgen y vos sos una linda guachita… prefiero enseñarle acá que con una prosti.
Sí, además es gratis, pensó ella.
Y ahí el pendejo la mira y a ella le da lástima.
Era un lindo pendejo.
Ella intenta la última: es menor.
Y él: no es menor, y además nadie lo sabrá más que nosotros, salvo que vos te niegues a...
¿Qué podía hacer? Lo otro era el escándalo, si se sabía lo del jefe, probablemente la echaran…
En todas partes se coge, en oficinas, en talleres, donde sea, acá, en EEUU, en Europa y en Liberia…
Mientras todo queda en secreto, nadie dice nada.
Pero en cuando se arma un escándalo, a alguien rajan, es así…
Así que sería un trío y encima con padre e hijo.
El tipo la dirige, la hace poner en cuatro.
Desnuda por completo.
Ellos también en bola.
Le dice que le chupe la verga al pibe.
Ella empieza. El pibe gozando como un loco.
Le decía a cada rato, gracias, señorita.
El padre se reía: mejor decile, gracias, putita.
Ella dice que le gustaba el pibe.
El padre la provocaba: vamos putita, ¿así que con el marino, no?
El pibe seguía: ay, gracias, señorita.
El viejo la cogía en cuatro por la concha.
Después la hizo acostar y se fue al baño y le dijo al pibe: ahora te toca a vos… haceme quedar bien.
El pibe sobre ella. Ella dice que era un pendejo divino.
El pibe que le dice: nunca hice esto.
Ella que le dice: no te aflijas, te voy a ayudar. Le agarra la pija y lo ayuda a ponérsela bien en la concha.
El pendejo no sabía moverse y ella le fue indicando y a la vez calentando con palabras y movimientos.
El padre al volver del baño los ve cogiendo a full.
Ella llegando a orgasmo tremendos, es muy puta cuando acaba y acaba muchas veces.
El padre contento de su potro.
El padre que lo deja coger a full al pendex mientras le chupa una teta y después sigue con la otra.
Le chupó las lolas como una hora, estaba obsesionado con su delantera.
Le decía a cada rato, tenés unas tetas reguachas, hija de puta.
El pibe que le eyacula adentro.
Ella que llega a un orgasmos intenso.
Cada vez que me quiere calentar me dice: vos no sabes lo que es ser cogida por un lindo pendejo así…
¡Hija de puta!
Dice que además de gozar, se sentía poderosa por enseñarle a un virgen.
El pibe se levanta y se va la baño.
El padre la pone en cuatro y de una le rompe el culo.
—¿Me sentís, guachita?
—¿Acaso la pusiste, boludo? Dale, terminá de una vez…
—Hija de puta, lo que más me calentó fue que gritaras: no jefe por atrás no, que duele. Así que gritá que te duele, no hay nadie a esta hora, gritá, hija de puta, gritá que me calienta eso…
y la guacha se echa a reír y le dice: mi jefe tiene un vergón en serio y vos apenas un maní.
Dice que el tipo se calentó y la recontracogió hasta lechearla en el culo
y encima la citó para el otro día.
Al otro día entre padre e hijo la alzaron en el aire y le hicieron doble penetración.
Ella es chiquita y se la levanta fácil.




Duró un par de semanas el asunto, ella ya estaba desesperada, el tipo se la cogería por siglos…
A la tercera semana, al salir de la oficina, el pibe está en la vereda.
Ella se le acerca y le dice: ¿otra vez?
Y el pibe le dice: no, no, señorita, no pasa nada…
Y sigue: pasa que mi vieja se avivó porque mi viejo llegaba tarde, así que vine a avisarle de que se quede tranquila, él no la va joder más porque le dije que si la seguía jodiendo yo iba y le contaba a mi vieja.
Mi jermu cuenta que se le caían las lágrimas, lo invitó a tomar un café pero el pibe le dice: señorita, perdóneme, mi viejo es muy bruto, pero yo le estoy muy agradecido…
Y siguió: yo sé que usted fue obligada, así que le vengo a pedir disculpas.
Mi mujer lloraba como una boluda.
Cuando se están por despedir, le dice: ¿Y si tomamos un café en casa? Soy soltera, vivo sola.
¡Hija de puta!
Ella tenía 20, era muy guachita y el pibe un encanto.
Además la cosa era como de aventura.
Ve que el pendex la mira con devoción.
Y la muy guacha se lo llevó a la casa.
Vivía en un lugar piola, el pendejo era discreto y la cogía casi todas las noches. Se lo fifó como 6 meses, quizá 7.
Ahí le enseñó cómo usar un forro, hija de puta.

Tercera parte
Muchos años después un muchacho como de unos 25 años nos hace señas.
Nos paramos para ver qué quiere.
Cruza la calle corriendo a darle un beso.
Ella me presenta: mi marido, me casé hace tres años. El tipo me saluda con admiración, la mira con devoción.
¿Y este quién corno es?, me pregunto.
Yo no entendía nada.
Me aparté a comprar cigarrillos, aprovechando un quiosco que estaba cerca y los dejé charlando solos.
Al volver yo del quiosco nos despedimos del pibe.
Al llegar a casa la guacha me dice riendo:
—¿Te acordás del pibe que te conté? Bueno… es él —me dijo con cara de puta— ¿Y, qué tal mi alumno?
—Hija de puta, es fachero en serio, te lo manducaste con ganas entonces…
Le habia dicho que tenía novia pero que como ella nada que ver…
Que turra… encima me lo contaba… Me dieron celos del pendejo.
Esa noche nos acostamos, ya se me había pasado el fastidio. Y para calentarla le digo:
—¿Y si te dejaba ir con el pendejo?
Y ella que me desafía: no te hubieras atrevido, sabés que me gusta…
—Y por qué no te rajaste a un telo con él, ¿eh?
—Ya aprendió todo, guacho, además vos no te fuiste.
—Me hubieras pedido que me fuera…
—¿Lo hubieras hecho?
—No sé, por ahí quién te dice…
Y ahí nos pusimos a coger.
Estoy seguro de que en su mente ella cogía con el ex pendejo y conmigo.

Y es probable que el ex pendejo en su mente cojiera también con su novia y con mi mujer. Es más, es casi seguro que el ex pendejo cojerá toda su vida con la mujer que circunstancialmente le toque pero en su mente lo hará siempre con la mía.

(El jefe y el pendex)