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jueves, 18 de junio de 2015

Contribuido por el señor XX-34. La historia ocurrió probablemente en 2011.

Lo que voy a contar me ocurrió hace unos años. Por entonces estaba muy entusiasmado con el llamado tercer sexo. Lo veía en videos por internet, en publicidades de escorts, incluso en la tele siempre andaba alguno hablando del tema.
En fin, yo tenía curiosidad por saber cómo sería tener sexo con una travesti. No eran mujeres pero se las veía como tales. Esas formas femeninas, esas cabelleras densas, las hacían hermosísimas. No, con un hombre nunca me atrevería a tener sexo pero una travesti era casi una mujer. Es cierto que tienen atributo masculino pero quizá justamente por eso me deleitan. Mezcla de hombre con predominio de mujer, pensaba. Y no paraba de masturbarme por ellas. Dejé de pensar en mujeres y empecé a pensar en travestis todos los días. Bien femeninas, eso sí.
Hasta que un día no pude más y decidí ver a una. No es sencillo conseguir una travesti como amiga. Hay relativamente pocas y encima las pocas que hay ni miran a los hombres por la calle, salvo que sean muy hermosos, cosa de la que disto mucho. Por eso entré en una página de escorts, una exclusiva para el tercer sexo. No diré el nombre de la persona. Ni el verdadero, que no conozco; ni su seudónimo, que es muy conocido.
Así que partí a verla después de pactar una cita por teléfono. Me hizo pasar. Era más hermosa que en la foto. Una morena de unos 27 años, no los 20 que anunciaba su página web para atrapar incautos, esos que se desviven por las jovencitas. La habitación coqueta, con detalles infantiles quizá en exceso, pero cálida. Le expliqué:
—No pienses mal. No soy homosexual. Sólo tengo curiosidad de saber como es tener intimidad con un travesti.
—No, no, no, bebé. Nada de “un”... “una” travesti —me aclaró—. Porque me siento mujer, soy mujer desde la punta del cabello hasta los pies, bebé.
Aclarado el punto pactamos dos horas. No era barata ni mucho menos pero su figura, su cara, su pelo valían la pena. Me quedé.
—No tengas miedo, no te haré nada que no quieras.
Me quedé tranquilo. Sus movimientos y su sonrisa eran femeninos. Su voz no tanto; tenía un dejo de afectación, como algo forzado. En fin, nada es perfecto, pensé. Ignoré también su nuez, bastante masculina, así como sus manos que —aunque cuidadas, de uñas largas y pintadas de rojo fuego— no resultaban pequeñas. El resto era muy femenino, bien femenino. Sus senos artificiales eran preciosos, con buena caída. No dos budineras extravagantes como suelen tener ciertas vedettes de cuarta. Eran proporcionados a su estructura corporal. Bien pensados por el cirujano que se los hizo. En síntesis, era una mujer con pene, o al menos a mí me pareció. Por lo demás me resultó simpática, con buena onda. ¿Qué más podía pedirse?
Nos desnudamos. Dobló mi ropa como lo haría una mujer amorosa con su hombre, cosa que me encantó, y puso al lado la suya.
—Te haré gozar como ninguna te lo hizo, bebé —fueron sus últimas palabras antes de apretar su cuerpo contra el mío.
No se quitó unas medias de seda que tenía puestas. Quizá el día anterior no se habría depilado, tampoco me importó. O quizá se las dejó sólo porque la hacían más sexy. No sé. Me puso de espaldas sobre la cama y me dijo déjame hacerte… Mientras miraba el techo, sentí cómo atrapaba mi pene con su boca y jugaba con mi glande. Me masturbaba y usaba su lengua a modo de pincel en mi frenillo. Sus lamidas eran perfectas; sus labios, dulces al apretar a modo de mordida.
Imaginé que un ex hombre sabía más de esto que una mujer verdadera simplemente por haber sentido esas sensaciones en su propio miembro. Era divino cómo alternaba lamidas con succiones plenas. No dejó de lamer y usar su lengua entre la punta del glande hasta detrás de mis testículos. Mi excitación era tal que le pedí subir a la cama. Lo hizo poniéndose en cuatro patas.
Por fin iría a penetrar a una travesti como venía soñando. Era mi idea desde hacía meses y sólo por temor no me había decidido. Pero ahora sí, ahora tenía a esta mujer hermosa, me decía, con esas nalgas voluptuosas frente a mí, y su ano abierto que pedía ser ocupado. Así que me volqué sobre esa espalda, hermosa, suave. Amasé esas tetas compactas de debajo mío en tanto mi pene rozaba su entrenalga. Tuve un estertor de placer. Su aroma, su piel cálida, todo me pedía poseerla pero yo me retenía. Sentí que si la penetraba en ese momento me derramaría, acabaría a pleno. Y yo quería disfrutarla las dos horas convenidas, ni un segundo menos. Así que me limité a frotarla de atrás con mi pelvis, eso no me haría eyacular enseguida. Lo sabía. Conocía bien cómo funcionaba mi cuerpo de tantas experiencias con mujeres. Disfrutaría de esa piel y de esos senos hasta la última media hora en que sí la penetraría sin piedad. Quizá ese cabello largo se volcara sobre mí cara al sodomizarla desde abajo y aumentaría la sensación. Lo había hecho así con varias mujeres, con muchas mujeres, inclusive por el ano, ¿por qué no con esta maravilla?
De pronto se empezó a dar vuelta. Mejor, pensé, vería sus tetas hermosas durante todo el tiempo, las chuparía —cosa que hice— y la franela sería frontal. Una sensación nueva me invadió, nunca había hecho frotación de penes… así que bien, muy bien, no dejaba de ser excitante.
Gocé como nunca. Ella me fue envolviendo hasta tenerme de costado.
—Bebé, mi bebé… déjame volcarte —me dijo y yo obedecí.
Me puso en cuatro patas, yo dispuesto a gozar. Ella lamió mi espalda y bajó con rapidez hasta mi ano. Sentí que lo lamía con fruición, que no paraba de lamerlo y lamerlo. Me sorprendió esa sensación desconocida. Me daba cierta vergüenza pero me quedé porque el placer era muy, muy grande. Me empapó de saliva, sabía hacerlo, tenía técnica. Metió su lengua y jugó con su dedo en mi orificio. Grité. Su yema pasaba suave, lentamente, mi placer era inmenso. En un momento introdujo un dedo:
—Ay, es virgen, qué maravilla —fue lo que dijo.
Yo estaba enloquecido. Me dieron ganas de penetrarla, de descargarme. Pese a su mohín de enojo, aceptó que me diera vuelta mirando de nuevo hacia arriba y se extendió sobre mí de espaldas contemplando también al cielo raso. Frotó sus nalgas contra mi pene mientras preguntaba: ¿Así bebé?, ¿así te gusta? Nos unimos en un jadeo prolongado hasta que ella por fin se levantó y me dijo:
—Déjame a mí, ahora sos mi bebé, mi lindo bebito.
Y se arrodilló en la cama entre mis piernas abiertas y alzó mis rodillas a la altura de sus hombros. Me levantó las nalgas y bajó de nuevo la cabeza. Sentí un gozo enorme cuando volvió a tocarme el ano con la lengua. Estaba casi inmovilizado, entregado a su arbitrio. Penetró su lengua en mi ano. Ya no era un simple lamido, era un pedazo de su carne, de su cuerpo dentro de mi cuerpo. Di un alarido de placer que la puso a mil:
—Ay, qué hermoso culito virgen, putita. Estás divina, mi amor. Dale que te va a gustar... Quiero que goces. Vamos, déjate, yo me encargo —y lo dijo con voz ronca, sensual.
Escupió en mi ano mientras abría bien mis nalgas, que ya estaban casi invertidas hacia arriba. Ella en posición dominante, yo inmovilizado abajo y todo doblado en U.
—Vamos, putita, hazme caso que vas a gozar. Relájate, déjame penetrarte, dale —insistía con su voz acariciante.
Volvió a escupir en mi ano varias veces y a lamerme y a penetrar su lengua. Al fin me arrolló de arriba, mis rodillas en sus hombros, presionaba fuerte hacia delante y abajo. Sentí la punta de su pene en mi ano.
—Noooo, no lo hagas —le grité.
—Vamos, putita, te va a gustar, déjame hacértelo, mi amor. Déjame hacerte mía
Pero no me penetró. Podría haberlo hecho pero no lo hizo. Disminuyó la presión de su cuerpo y bajó de nuevo la cabeza hacia mi sexo. Chupó mi pene muy rápido, como al pasar. Lamió mi glande y siguió lamiendo hacia abajo hasta centrarse de nuevo en mi ano. Y ahí sí, su lengua no perdonó nada ni tampoco su dedo. Dedo y lengua, lengua y dedo, se alternaban para abrir mi ano virgen. Volvió a escupir con fuerza mi orificio varias veces más. Uno de los escupitajos lo sentí bien adentro. Tan adentro que me hizo saltar en horizontal. Entonces ya no pude más, me di vuelta ofreciendo mi ano y le grité:
—De una vez, por favor, de una vez... no demores más. Te deseo, no aguanto más.
Vi en el espejo su sonrisa perversa. Se volcó sobre mi espalda apoyando sus tetas bien fuerte, tetas que daban mucho placer.
—Bien, putita, bien. Te voy a coger como deseas. ¿Viste que era lindo? ¿Viste que no te haría nada que no quisieras? Ahora quietita, déjala hacer a mamá, bebé, mi bebé. Déjala que te lo haga bien.
Enseguida irguió su cuerpo bien a lo macho en tanto yo permanecía en posición de ele, como pasivo. Clavó la punta en mi ano. Sentí un dolor intenso que aumentaba. Sus manos agarraban firmes mis caderas. Su fuerte verga se veía perfecta en el espejo del costado. Su rostro perverso, en el que quedaba frente a mí hacia el pie de la cama.
—Ay, qué lindo culito. Qué culito virgen. Hermoso. Dámelo. Dámelo que te lo abro como un quesito, mi bebé…
Y fue penetrando pese a mis gritos de dolor. No lo hizo de una sola vez, no. Penetraba un trecho y paraba. Otro poco y paraba. Así avanzaba. Me tenía dominado desde atrás. Tan dominado que con su pene a medio camino en mi ano se dio el lujo de amasar sus tetas con ambas manos, cosa que le producía un placer evidente. Ya no había vuelta atrás, sería su putita como ella misma repetía una y mil veces. Cada vez que detenía su avance, mojaba sus dedos con saliva y los pasaba por la parte libre de su pene, la que aún no me había penetrado. No usó ninguna crema. Sólo saliva, persuasión y fuerza.
—Vamos, putita. Falta apenas un poquito para que te entre toda. No te vas a quedar así, sin conocer el resto... Vamos, que ya te termino. Dale que vas a saber lo que es coger con una chica traviesa. Y había perversidad en el tono. Me daba vergüenza pero ya era tarde.
El envión final fue terrible, pavoroso. Sentí un dolor intenso. Miré durante un segundo el espejo y vi su cara que se desfiguraba de gozo y maldad. Me estaba desvirgando a pleno. Me estaba…
—Sí, mi amor, sí. Te estoy rompiendo el culo, mi amor. Mi bebé… y bien roto, bien rotito… Así, así, como tiene que ser. 
Sólo le faltó decir como me lo hicieron a mí de chiquito. Su rostro tenía ya sonrisa de diablo. No sentí placer en mi ano, pero sí cuando sus tetas se apoyaron de nuevo en mi espalda. Sus lolas se frotaban y me dominaban dándome gozo. Su pene, en tanto, hacía el trabajo brutal, violento, sin placer para mí aunque supongo que enorme para ella y su sexo.
Pensé que me iría a eyacular en el recto pero no. En un arranque de histeria me la sacó con violencia. Me hizo arrodillar sobre la cama mientras se paraba delante. Me ordenó:
—Vamos, chupa, putita. Chupa a mamita que hoy te hizo bien putita. Vamos, chupa, chupa.
Ya estaba mareado de tanto dolor pero al ver esa verga tan fuerte, tan erecta, frente a mí, me dieron ganas de tenerla. Ella no dejaba de masturbarse frente a mi cara ni de insistir que la chupara, cosa que hice porque un fuerte agradecimiento me impulsaba a desearla. Así que succioné como nunca, mientras su torso se retorcía allá arriba. De reojo, la visión de sus hermosas tetas me dio más ánimo. La mezcla de mujer y hombre volvía a ponerme loco y no paré de chupar y chupar con ella pajeándose a full.
—Dale, chupa, putita, chupa bien. Chupa la verga que te penetró. No pares de chuparla.
Y de pronto lanzó el chorro en mi cara. Apenas si alcancé a cerrar los ojos. Lo hizo en medio de sus gritos:
—En la boca, vamos, en la boca. A tragarla de nuevo. Dale.
Agarró mi cabeza y yo, obediente, abrí mi boca y sentí su verga fuerte, dura, despótica. A los dos segundos sentí el chorro acre en mi garganta, me estaba copulando por la boca, se estaba acabando en mí en pleno paladar.
—Seeeee. Traga toda mi leche como buena putita, seeee… Así, así…
Después sacó su pene de mi boca y se fue a lavar. Me quedé solo, no sabía si me sentía feliz o no. Había ido a penetrar a una travesti y la excitación me había llevado a que me penetrara ella. Sentía mi recto dolorido y cierta depresión. Como si un vacío me invadiera.
Ella salió del baño como si nada.
—Ahí está el toilette libre, bebé —y se fue; descubrí que siempre decía toilette, le parecía muy fina esa palabra.
Mientras orinaba, escuché por la claraboya abierta que la travesti hablaba con alguien. Comprendí que era su pareja. El otro era el macho en esa relación pese a sugerir también en su voz un dejo de feminidad. Le preguntó cómo le había ido conmigo. La travesti le contestó que yo me había resistido al principio pero:
—Al final me lo cogí bien cogidito. Como siempre, ja, ja, ja. ¡Se creía que le iba a perdonar el culo por ser virgen! Ni loco, al contrario...
Su voz era grotesca. Las risas de ambos también. Ahí recordé que una prostituta una vez me advirtió:
—Sí, bebé, parecen mujeres pero son tipos disfrazados con tetas. Trabajé varios años con ellos en un puterío del centro. Ojo, son resentidos. Quieren volver putos a todos los hombres que caigan. No me preguntes por qué… No lo sé.
Ahora las frases entrecortadas de la claraboya indiscreta me daban la pauta. Algo de lo que aquella buena puta no se daba cuenta: necesitaban humillar a los machos tal como los humillaron a ellos. Nivelar hacia abajo era la idea. Cuando todos los hombres sean putos, las travestis seremos reinas parecían decirse. Sus risas lo corroboraban grotescas, insultantes.
No vi a la travesti al salir del departamento. Salió el novio a abrirme. Era algo encorvado, de unos 30 años, con seguridad un mantenido por ella. El tipo se dio el gusto de conocerme. Una sonrisa socarrona lo acompañó en el ascensor, y en la puerta de calle al despedirse. El te esperamos cuando quieras parecía traducirse como otro puto más en la lista y con éste van…
Y lo patético es que seguí visitando a esa travesti como un corderito. Aun hoy la sigo viendo y pagando su arancel, como gusta decir. Siguió haciéndome igual una y otra vez. Me ha hecho su pasivo por completo. Y lo peor es que ahora sí me da placer su penetración. Hay en ella un magnetismo animal que me obliga a humillarme y a caer bajo, muy bajo...



(Cazador cazado)

lunes, 18 de mayo de 2015

Contribuido por el señor XX-22. Esto ocurrió probablemente por el año 2005.

Vivo en Perú y era por las fiestas de fin de año. Habíamos salido con un amigo (pongámosle por nombre Robert), su novia y el primo de Robert. Andábamos todos en los veinte años. Entramos a un lugar donde te vendían alcohol y nos pusimos a tomar unas copas. Sólo queríamos divertirnos pero en época de fiestas no es fácil hacerlo. No sé bien qué pasó, si alguien de los nuestros chocó una silla contra otra que no debía o qué pasó pero lo cierto es que empezó una pelea. Al rato al primo de Robert tenía una herida en la cabeza. Después aparecieron los de siempre, los que tratan de detener todo, de poner paños fríos y llevarse a los violentos, pero la cabeza queda rota y sangrando. Así que Robert me dijo:
—La salida se acabó. Por favor, tú que eres buen chico, lleva a mi novia a su casa porque yo tendré para rato con mi primo. Lo llevaré al hospital a ver que le cosan, Hazme el favor.
Así que empecé a caminar con su novia hacia su casa. No era cerca, serían como veinte cuadras o más. Los dos primos se fueron en la dirección opuesta y pronto ya no los vimos.
Cuando volvíamos con la novia de Robert ya era noche. Ella no parecía preocupada. Su enamorado tenía que hacer ver a su primo por un médico y eso podía llevar horas. En el hospital a donde iban, tú entras y no sabes cuando sales. Puede que te atiendan en cinco o seis horas, nunca menos que eso. Ni hablar en las fiestas que es cuando más se dan esas trifulcas.
No pasó mucho tiempo que cruzábamos un parque. Faltarían unas diez cuadras para llegar a casa de esta chica, ella me dice señalando un banco:
—En este banco tu amigo quiso hace tiempo hacerme su mujer.
Yo me reí por la ocurrencia pero ella me miró seria. De pronto se detuvo y me dijo; estoy cansada de caminar, a la ida fue igual, ya me duelen los pies.
Así que nos sentamos en ese banco. No había un alma en el parque, sólo nosotros dos. Con seguridad estaban todos festejando o peleándose por ahí. Yo no sabía de qué hablarle. Lo único que ansiaba era que se le pasara el dolor de pies y dejarla en su casa. De pronto ella me dijo:
—¿Son ciertos esos chistes que siempre te hacen? —y miró seria hacia mi bragueta.
Sí, porque cuando estábamos bebiendo entre amigos, eran comunes las bromas que se gastaban por el asunto del tamaño de mi pene. Yo no sabía qué contestarle cuando siento que su mano acaricia mi pantalón.
—No, no, no lo hagas. No sigas con esto —y le empujo la mano para que no me toque.
—¿Qué, acaso no te gusto? ¿Acaso no soy buena para ti? —decía esto mientras movía sus tetas enfrente de mi cara y la verdad que las tenía muy pero muy buenas.
—No, no es eso, pero pasa que Robert es mi amigo… Y no es correcto hacerle esto a un amigo. Somos amigos de cuando íbamos a la escuela…
—¿Eres tonto o te haces? ¿Crees que si fuera tu enamorada en vez de ser la enamorada de él, Robert me diría no, no que es mi amigo?
Y muy decidida me bajó el cierre del pantalón y buscó hasta encontrar lo que buscaba. Se quedó pasmada y sólo dijo: “era verdad lo que se decía”.
Traté de resistirme, lo juro, pero era una hembra sedienta. En menos de un minuto tenía la cabecita adentro de su boca y no tenía intención de parar así la mataran.
Al rato miró hacia todos lados y se desnudó de la cintura para arriba. Ahí sí que ya no pude resistirme. Su piel era hermosa, sus tetas un encanto. Levanté su falda y la dejé sin nada debajo. Entonces al verse libre de ropa, al menos de la esencial, me dijo:
—Échate boca arriba en el banco.
Le hice caso y ella me montó. Sentí cómo su concha mojada atrapaba mi pija. En diez minutos era una máquina de coger. Se movía como una puta, mi dios. Al principio yo pensaba en lo que le estaba haciendo a Robert pero al rato ya no acordé más de mi amigo.
Ahí no paró la cosa. La chica tenía un cuerpo precioso. Quería gozarla con todo y la puse contra el banco, ella inclinada, agarrando el respaldo. Le entré de atrás, uno, dos, tres, bombeaba yo y bombeaba ella. Yo sentía que ella jadeaba y terminaba en alaridos. Descansábamos un rato y vuelta a lo mismo. Ella me provocaba, me decía qué no soy tan buena para ti, qué…
En un momento paramos. La noche era serena. Se sentían algunos grillos, el sonido venía desde los árboles. No sé por qué me imaginé en medio de una selva, ella y yo solos. Me dije que tenía que ser mía por completo. No pude parar de desearla más y más. Ella no variaba su posición de inclinada contra el banco, con la cola provocativamente hacia fuera, tomé mi pija con la mano derecha, levanté la falda y metí para adelante. Sentí que entraba. Ella no se movió. No era el mismo orificio, no. Entré con fuerza. Ella sólo dijo: ahora sí que te siento bien macho… No tardé en vaciarme dentro del lado de atrás. Ella alzó el torso cuando sintió mi leche. Después quedó tendida contra el respaldo.
Al rato volvíamos a caminar. Nunca más volvimos a hacerlo ni hablar del tema. Mi amigo está casado con ella desde hace varios años.     

(El parque)


miércoles, 6 de mayo de 2015

Contribuido por el señor XX-13. El hecho ocurrió posiblemente a fines los años ‘70.

Primera parte
Mi mujer era muy guachita de joven.
Trabajaba como personal civil en una dependencia de la Armada.
El jefe de ella era un marino, un tipo alto como de dos metros.
Tenía fama de vergón.
Mi mujer es chiquita aunque bien tetona: 1.52 maso pero con tetas de 95
y buen culito.
Al tipo lo conocí.
La fama de vergón se la hicieron dos minitas de la oficina que habían cogido con él.
Y el tipo jodía siempre diciendo: calzo 45.
El juego de palabras era triple: su medida de zapato, el arma reglamentaria y el misterioso largo de su verga.
Así que mi mujer, 20 años entonces, se propuso ver si era real esa medida.
Una tarde se quedó a revisar un expediente en el despacho de él, escritorio de por medio.
Llegó la hora de salida y todos se despidieron pero ellos se quedaron.
Mi mujer es linda y el tipo entendió que quizá podía cogérsela, que al menos valía la pena intentarlo.
Pasada la hora, ella le dice:
—Hay resolver esto, jefe.
—Sí, hoy mismo… —contesta él.
—Porque para mañana tenemos el otro expediente, ¿recuerda?
Pero el tipo le dice:
—No me refiero a este expediente sino a lo que pasa entre vos y yo, nena.
Ella se puso roja porque suponía que el tipo iría con más tacto. Se quedó dura.
—¿No te parece, nena?
El tipo estaba apoltronado del otro lado del escritorio en una silla giratoria y ella vio que tenía un enorme bulto.
El tipo le dijo: ¿y?
Y ella pensó que era ahora o nunca.
Se levantó, rodeó el escritorio y se paró delante de él.
Se le acercó para que la besara pero él le dijo: vos no querés besarme.
Ella no sabía qué hacer, estaba medio en off-side.
Y ahí el tipo le dice: vos tenés curiosidad por otra cosa, el otro día te oí que se lo decías a Ramírez, tu compañera.
—Dale, comprobalo, es solo un segundo.
Y el tipo insistió: es un segundo, comprobás y seguimos con el expediente..
Ella se inclinó hacia el bulto y tocó la bragueta, estaba decidida y jugada
sino para qué corno había dado la vuelta al escritorio…
El bulto estaba enorme.
El jefe: vamos es un segundo, ves lo que tenés que ver y seguimos.
Así que ella fue y tocó los botones de la bragueta y empezó a filtrar un dedo.
Él le dice como cantando: si no desabrochás no vas a ver nada…
Y ahí ella pensó ma sí, qué puedo perder, ya se lo cogieron dos de acá, y quizá otras cuatro o cinco que se lo tienen guardado.
Empezó a desabrochar, los botones estaban duros y ella nerviosa.
Él le decía: vamos, abrí, abrí.
Al fin logró abrir la bragueta.
Y él: vamos, meté la manito, ¿no querías saber?
Ella mete la manito y siente tras el calzoncillo un bulto tremendo, durísimo.
Busca y rebusca.
Y él: levantá la tela… así, así, de costado, vamos, sé buenita…
Y ella que se excita con el juego y la voz del tipo.
Y al fin logra sacar la verga.
Se quedó pasmada: eran dos baldosas y media, qué hijo de puta.
Una cosa enorme.
Sólo el glande, me dice ella, medía de largo como el ancho de una mano.
Empezaba bien en puntita y después la cabeza seguía como una punta de lanza y encima el tronco que no terminaba más…
Y ella con eso en la mano.
Y el tipo que le dice: ¿seguimos con el expediente?
Y ella que se arrodilla sin que se lo pidan.
Cuando me lo contó, años después, le dije ¿por qué te arrodillaste? y ella me dijo ¡no me iba a perder eso!
Qué hija de puta.
Jamás vi de ese tamaño así que me arrodillé.
Pero el guacho se arrellanaba más y más en su sillón, de manera que la verga apuntaba bien al cielorraso.
Ella arrodillada pero la punta del glande superándole el nivel de la boca.
—Levántese un poco, jefe.
—¿Para qué? Hay que seguir con el expediente.
El tipo se divertía y la hacía desear.
Toda una técnica.
Al fin, ella la calzó en la boca y según cuenta era suave.
—Vamos, chupá, putita, vamos chupá, ¿no querías saber?
A mi mujer le decís putita y se pone a mil.
Y ella chupando a toda máquina…
De pronto ella se detiene y le pregunta ¿cuánto mide esto, jefe?, mientras lo pajeaba y lo miraba pasmada.
—Que sé yo, fijate con la regla, nena.
El guacho sabía que cuantas más minas se cogiera más publicidad tendría,
parece que llegó a bajarse como a 50 minas de esa dependencia, decían, no sé.
Ella agarra y la mide, superaba los 45 cm.
El glande apenas le entraba todo en la boca.
Y eso que mi jermu tiene boca grande.
Al fin el tipo le dice: la verdad me calentaste, sos una linda yegüita.
Se levanta y le vuela el suéter.
Ella recaliente se desabrocha el corpiño y lo deja caer.
Él que le dice: ¡mirá qué lolas que habías tenido!
Ella, orgullosa, se hace la macha y le dice: ¿qué?, ¿le gusta, jefe, nunca las había imaginado?
Él se abre más la bragueta, ella en bolas de cintura para arriba.
La verga del tipo en el medio de los dos.
Ella amaga chupársela de nuevo.
Pero él la da vuelta y la pone de panza contra el escritorio.
—Agarrate del otro borde, nena.
Ella se agarra.
Él le pone un dedo en la boca y se lo hace chupar pero cuando la toca abajo ve que mi mujer tiene la bombacha mojadísima.
Entonces sin sacarle la chabomba, apenas levantándole la pollerita, la entra a puentear.
Ella le grita: sáqueme la bombacha, jefe, sáquemela.
No lo tuteaba y él la sigue puerteando corriéndole la bombacha hacia un costado.
Y ahí ella siente que la punta está entrando, que el tipo la está calzando.
—Sáqueme la bombacha, jefe.
Y ahí, el muy guacho le dice: a las putitas no se les saca la bombacha.
Y se la entra a meter.
Dice que no terminaba nunca de entrarle.
Cuando sintió los pendejos del tipo contra las nalgas dijo: ¡por fin!
La calentura de mi jermu ya era tremenda.
El tipo vio que mientras le entraba, mi jermu se sacudió dos veces.
Y es así, cuando está muy caliente pueden venirle dos o tres orgasmos seguidos apenas la penetrás.
Ahí la empezó a bombear duro.
Agarrándola de las tetas.
Ella con un orgasmo tras otro.
Llega a los que uno quiere cuando se pone bien puta.
El tipo le hizo llegar a cuantos quiso.
De pronto saca la pija bien mojada…
—Por ahí no jefe, no, por favor no.
—Por ahí sí, putita, por ahí también.
—No, jefe, noooooooo…
—Sí, sí, putita, por ahí también…



Ella dice que el culo parecía estallarle y eso que ya se lo habían roto varios novios.
La verga, mojada por el jugo de ella misma, sentía que avanzaba y se metía a bocha.
Veía todo rojo. Muy rojo.
—Pare jefe, por favor no, jefe, no, no, por atrás no.
De pronto se abre la puerta.
Se habían olvidado de cerrarla con llave.
El tipo de la limpieza, un tipo cuarentón, se queda paralizado al ver de frente a una minita con las lolas colgando que grita por atrás no jefe, por atrás no que duele…
Y a un tipo altísimo detrás empomándosela.
El jefe sin dignarse a dejar de bombearle el culo le grita al tipo que se vaya, que no tiene por qué estar ahí.
El tipo tarda en reaccionar y retrocede despacio, fascinado por esas tetas y la cogida que las sacude a full.
—Cierre la puerta, carajo.
—Jefe, hay que poner llave, jefe, pare, puede entrar otro, pare…
—No hay nadie más que ese pelotudo, no voy a parar ahora que estoy bien adentro de tu culo, nena.
—Ay, ese tipo debe estar espiando por la cerradura, jefe.
—Y qué, solo te está mirando a vos, las lolas ya te las conoció al entrar.
Así que no paró hasta lechearla bien en el orto.
Al otro día, mi jermu se reía, se había dado el gusto con una pija para el Guiness, ahora podía saber de parte de las minas quién mentía y quién no.
Y encima la había visto coger un boludo que seguro se había hecho la paja mientras la espiaba detrás de la cerradura.
¿Que más se pude pedir?, me dijo la guacha cuando me lo contó.
Pero…


Segunda parte
A los dos días, al salir del laburo, el tipo de la limpieza se le cruza en la vereda y la encara.
Le dice que estaba muy excitado por lo que vio esa noche.
Y ella le contesta: lo felicito, ahora olvídese y listo.
Y él le dice: no, no me entendés…, quiero hacerte lo mismo.
—Ni loca, con usted ni loca.
Y él: no entendés, lo sabrá todo el edificio si no lo hacés conmigo también. Quiero cogerte y tener esas tetas, ¿entendés?
Y se acercó a manoseárselas.
Ella terminó cediendo.
Al tercer día el de la limpieza la cita en el subsuelo, después del horario de oficina, por supuesto.
Ella entra y ve que había un camastro en medio de cajas y cosas en revoltijo.
El tipo la desnuda y le hace chupar la verga.
Ella dice que tenía una pija como de 20 cm.
Al rato se abre una puerta de más adentro.
Aparece un pendejo, como de 18 años más o menos.
Ella se asusta y él le dice que se tranquilice, que es su hijo.
Ella le dice que con dos no, que el pacto era con él solamente.
Y el tipo le dice: mi hijo es virgen y vos sos una linda guachita… prefiero enseñarle acá que con una prosti.
Sí, además es gratis, pensó ella.
Y ahí el pendejo la mira y a ella le da lástima.
Era un lindo pendejo.
Ella intenta la última: es menor.
Y él: no es menor, y además nadie lo sabrá más que nosotros, salvo que vos te niegues a...
¿Qué podía hacer? Lo otro era el escándalo, si se sabía lo del jefe, probablemente la echaran…
En todas partes se coge, en oficinas, en talleres, donde sea, acá, en EEUU, en Europa y en Liberia…
Mientras todo queda en secreto, nadie dice nada.
Pero en cuando se arma un escándalo, a alguien rajan, es así…
Así que sería un trío y encima con padre e hijo.
El tipo la dirige, la hace poner en cuatro.
Desnuda por completo.
Ellos también en bola.
Le dice que le chupe la verga al pibe.
Ella empieza. El pibe gozando como un loco.
Le decía a cada rato, gracias, señorita.
El padre se reía: mejor decile, gracias, putita.
Ella dice que le gustaba el pibe.
El padre la provocaba: vamos putita, ¿así que con el marino, no?
El pibe seguía: ay, gracias, señorita.
El viejo la cogía en cuatro por la concha.
Después la hizo acostar y se fue al baño y le dijo al pibe: ahora te toca a vos… haceme quedar bien.
El pibe sobre ella. Ella dice que era un pendejo divino.
El pibe que le dice: nunca hice esto.
Ella que le dice: no te aflijas, te voy a ayudar. Le agarra la pija y lo ayuda a ponérsela bien en la concha.
El pendejo no sabía moverse y ella le fue indicando y a la vez calentando con palabras y movimientos.
El padre al volver del baño los ve cogiendo a full.
Ella llegando a orgasmo tremendos, es muy puta cuando acaba y acaba muchas veces.
El padre contento de su potro.
El padre que lo deja coger a full al pendex mientras le chupa una teta y después sigue con la otra.
Le chupó las lolas como una hora, estaba obsesionado con su delantera.
Le decía a cada rato, tenés unas tetas reguachas, hija de puta.
El pibe que le eyacula adentro.
Ella que llega a un orgasmos intenso.
Cada vez que me quiere calentar me dice: vos no sabes lo que es ser cogida por un lindo pendejo así…
¡Hija de puta!
Dice que además de gozar, se sentía poderosa por enseñarle a un virgen.
El pibe se levanta y se va la baño.
El padre la pone en cuatro y de una le rompe el culo.
—¿Me sentís, guachita?
—¿Acaso la pusiste, boludo? Dale, terminá de una vez…
—Hija de puta, lo que más me calentó fue que gritaras: no jefe por atrás no, que duele. Así que gritá que te duele, no hay nadie a esta hora, gritá, hija de puta, gritá que me calienta eso…
y la guacha se echa a reír y le dice: mi jefe tiene un vergón en serio y vos apenas un maní.
Dice que el tipo se calentó y la recontracogió hasta lechearla en el culo
y encima la citó para el otro día.
Al otro día entre padre e hijo la alzaron en el aire y le hicieron doble penetración.
Ella es chiquita y se la levanta fácil.




Duró un par de semanas el asunto, ella ya estaba desesperada, el tipo se la cogería por siglos…
A la tercera semana, al salir de la oficina, el pibe está en la vereda.
Ella se le acerca y le dice: ¿otra vez?
Y el pibe le dice: no, no, señorita, no pasa nada…
Y sigue: pasa que mi vieja se avivó porque mi viejo llegaba tarde, así que vine a avisarle de que se quede tranquila, él no la va joder más porque le dije que si la seguía jodiendo yo iba y le contaba a mi vieja.
Mi jermu cuenta que se le caían las lágrimas, lo invitó a tomar un café pero el pibe le dice: señorita, perdóneme, mi viejo es muy bruto, pero yo le estoy muy agradecido…
Y siguió: yo sé que usted fue obligada, así que le vengo a pedir disculpas.
Mi mujer lloraba como una boluda.
Cuando se están por despedir, le dice: ¿Y si tomamos un café en casa? Soy soltera, vivo sola.
¡Hija de puta!
Ella tenía 20, era muy guachita y el pibe un encanto.
Además la cosa era como de aventura.
Ve que el pendex la mira con devoción.
Y la muy guacha se lo llevó a la casa.
Vivía en un lugar piola, el pendejo era discreto y la cogía casi todas las noches. Se lo fifó como 6 meses, quizá 7.
Ahí le enseñó cómo usar un forro, hija de puta.

Tercera parte
Muchos años después un muchacho como de unos 25 años nos hace señas.
Nos paramos para ver qué quiere.
Cruza la calle corriendo a darle un beso.
Ella me presenta: mi marido, me casé hace tres años. El tipo me saluda con admiración, la mira con devoción.
¿Y este quién corno es?, me pregunto.
Yo no entendía nada.
Me aparté a comprar cigarrillos, aprovechando un quiosco que estaba cerca y los dejé charlando solos.
Al volver yo del quiosco nos despedimos del pibe.
Al llegar a casa la guacha me dice riendo:
—¿Te acordás del pibe que te conté? Bueno… es él —me dijo con cara de puta— ¿Y, qué tal mi alumno?
—Hija de puta, es fachero en serio, te lo manducaste con ganas entonces…
Le habia dicho que tenía novia pero que como ella nada que ver…
Que turra… encima me lo contaba… Me dieron celos del pendejo.
Esa noche nos acostamos, ya se me había pasado el fastidio. Y para calentarla le digo:
—¿Y si te dejaba ir con el pendejo?
Y ella que me desafía: no te hubieras atrevido, sabés que me gusta…
—Y por qué no te rajaste a un telo con él, ¿eh?
—Ya aprendió todo, guacho, además vos no te fuiste.
—Me hubieras pedido que me fuera…
—¿Lo hubieras hecho?
—No sé, por ahí quién te dice…
Y ahí nos pusimos a coger.
Estoy seguro de que en su mente ella cogía con el ex pendejo y conmigo.

Y es probable que el ex pendejo en su mente cojiera también con su novia y con mi mujer. Es más, es casi seguro que el ex pendejo cojerá toda su vida con la mujer que circunstancialmente le toque pero en su mente lo hará siempre con la mía.

(El jefe y el pendex)