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sábado, 13 de junio de 2015

Contribuido por el señor XX-32. Esta historia ocurrió en 2010.

Me había levantado de la cama. Me dirigí a la cocina y ella estaba ahí. Mi fascinación y asombro terminaron por despertarme del todo al verla vestida tan provocadora. Ella estaba limpiando con un short diminuto y una camiseta ajustada. Hablo de mi cuñada que limpiaba en una posición en la que inclinaba su cuerpo hacia abajo, dejando relucir su hermoso culo, culo que quedaba elevado hacia arriba apuntando directo a mis ojos. El hecho de saber que estábamos solos en casa me motivó demasiado. Recuerdo que estaba vestido apenas con una ropa interior y una remera. Me acerqué por detrás y me coloqué muy cerca. Lo suficientemente cerca como para que notara la erección de mi pene. El sólo recordarlo ya vuelve a excitarme. Yo tenía entonces 25 años y ella casi 40; ella es la novia de mi hermano. Él, tan pícaro como yo, se buscó una mujer casada y de más edad. Aunque quien la ve no le da los años que tiene, y pese a sus hijos que son de varios maridos anteriores.
Así que la tomé de la cintura y la acomodé en la mesa de espaldas a mí. Ella se dejó llevar. A pesar de que es una mujer que sabría defenderse, no se defendió. No soy feo, las mujeres en la calle por lo menos me miran. Ese día estábamos solos y ella nunca limpia en casa. Eso me pareció raro, por eso tuve ese impulso: cogérmela.
Una amiga que no la conoce, pero que conoce una historia similar, me dijo que ella me quería coger porque siempre son las mujeres las que eligen. Siempre, me aseguró, sólo que lo hacemos de tal forma que el hombre cree que el que elige es él.
La tomé de la cintura y comencé a acercar mi verga a su culo, como dije. Me temblaban las manos de la excitación. Presionaba su cintura con fuerza hasta que ella soltó un gemido delicioso. Entonces introduje mi pene adentro. De solo recordar el recorrido que hizo en su recto, se me hace agua la boca. Se lo saqué y lo volví a meter nuevamente, todo esto lo hice lento, bien lento.
Se lo metí así, como estaba nomás. No le lamí la cola ni nada. Tenía la verga un poco jugosa, por lo que no fue difícil deslizarla. Quizá sintió mucho dolor cuando llegué a fondo pero yo lo disfrutaba y mucho. Ella con sus manos apoyadas sobre la mesa. Me fue fácil sacudir su cuerpito hacia adelante. Tiene un físico pequeño y atlético, es una joyita de muy buena forma. Además, levantaba su culito para que mi pene se deslizara mejor. Incluso, ya bien empalada, lo movía hacia atrás cuando yo iba para adelante y viceversa. Al fin le derrame todo el semen adentro. Gimió. Sí, quizá demasiado.
Al rato llegó mi hermano. Mi verga seguía parada. La eyaculación no me había suprimido la erección. Pero como sabía que él iba a llegar a casa, decidí dejarlo ahí y me fui a mi cuarto. Ella estaba un poco sonrojada pero casi siempre suele estar así. No creo que mi hermano se haya dado cuenta de nada.
Pasó un tiempo. Con ella nunca hablamos de lo sucedido. Era como decirnos tácitamente: acá no pasó nada.
Pero una vez en Halloween estaba solo en casa. Era de noche. Ella había caído por mi casa a buscar no sé qué cosa. Vino con una peluca colorinche y una minifalda. Se dirigió a su cuarto y yo me quedé mirándole el culo. En eso se dio vuelta y me miró. Se dio cuenta que la miraba y esbozó una leve sonrisa. Fue leve, muy leve, pero la noté. Se me paró la verga instantáneamente y me dirigí hacia su habitación. Ella me miró con cara preocupada al ver que iba hacia ella. Yo no me podía detener, estaba muy caliente. Entré y cerré la puerta. La miré serio y le dije:
—Te queda genial esa minifalda.
Ella había venido sola. Mi hermano, calculo, estaba con sus hijos buscando caramelos por las calles, como se hace siempre en Halloween.
Así que le pregunté si se tenía que ir rápido. Me contestó que sí. Le dije:
—Así vestida como estás me dan ganas de cogerte de nuveo.
Me acerqué más y le di un beso. La abracé acariciándole el culo. Se corrió un poco para atrás y me alejaba sin hacer fuerza, diciéndome: no, otra vez no. Al ver que era puro teatro, la volteé contra la pared diciéndole: no me puedo detener.
Me bajé el jean que traía puesto y el bóxer. Ella me miraba fijamente pero no decía nada. Miró mi verga parada y le dije:
—Sí, te voy a coger otra vez.
La apoyé de tetas contra la pared, le separe un poco las piernas y metí mi mano en su entrepierna por debajo de la falda. Acaricié lentamente la zona y ella suspiraba diciendo:
—Ay, dios mío.
Mis dedos jugueteaban de un lado a otro, acariciando su concha que estaba muy calentita y ya mojada. Los movía sintiendo sus labios vaginales. Acaricié su cintura. Tomé su tanga y comencé a bajársela lentamente. Mientras se la sacaba, le acaricié las piernas. Sus rodillas temblaban un poco, cosa que me calentó demasiado. Volví a meter mis dedos en su vagina, ya la sentía hirviendo en mis dedos. Así que moví zigzagueando los dedos mientras le besaba el cuello. Con la otra mano subí su minifalda e introduje el glande en su culito, que sentí palpitar. Se estremeció emitiendo un gemido.
—Ayyyyy —dijo suspirando.
Yo deslicé mi miembro hasta el fondo y le pregunté:
—¿Por qué siempre me la pones tan dura? —en tanto se la metía y sacaba sin detenerme.
Mientras la bombeaba y le besaba el cuello y la nuca, le decía al oído: qué culo bien levantado, me encanta meterla por atrás. Ella contestaba: sí, sí, sí, así, cuñado, así, así… apoyando su cara contra la mía.
Me dijo que sentía que mi verga la presionaba aun más adentro que la primera vez. Porque antes lo tenía muy cerrado pero al metérsela comenzó a dilatarse más y más. Gemía tan profundamente y sus pechos se agitaban tanto por las embestidas que me entusiasmó a pleno. Al rato el bombeo era completo. Ella jadeaba como loca y yo también. A veces pienso que quizá tuviera virgen el ano la primera vez que se la puse.
Lo cierto es que ya no teníamos mucho tiempo. Así que le saque la verga del recto cuando casi estaba por acabarme. La di vuelta inclinándola hacia abajo hasta hacerla arrodillar. En un momento, con tanto cambio de posición, creí que no eyacularía. De ahí que me masturbé frente a su cara un buen rato hasta que lancé todo. Ella aguantó el chorro en la cara con un suspiro y cerrando los ojos. Le pedí que se lamiera la leche. No quería que me la chupara porque de lo contrario me la iba a volver a coger y ella tenía que irse.
Después pensé que debí haberla cogido por la vagina también, pero como sucedieron las cosas —así de la nada— no tenía ninguna clase de protección a mano. Por eso preferí hacerlo únicamente por la cola las veces que se lo hice. La vagina es algo que me queda pendiente. Que nos queda pendiente…


(La mujer de mi hermano)

jueves, 28 de mayo de 2015

Contribuido por el señor XX-28. Esta historia data de 1990 ó poco después.

Fue hace muchos años. Era verano y hacía calor en Santiago. Mi prima vivía apenas a cinco casas. Se le ocurrió llamarme para que le cambiara una ampolleta, así que para allá fuimos. La ampolleta quemada estaba en la pieza, justo sobre su cama. Yo andaba en polera y short, ella en falda y polera. Así que ahí estábamos los dos. Yo parado sobre su cama, desenroscando y enroscando como mal o bien podía la bendita ampolleta, y ella abajo atenta a cada movimiento. Cuando miraba hacia la cama, juro que me turbaba un poco su figura.
Al fin se hizo la luz, pero ella insistió en que la ayudara a correr unas cosas del living. Así que de nuevo su esclavo. El asunto no era tan sencillo, requería fuerza, había que mover este mueble y aquel y también aquel otro… Para allá, no, no, mejor para acá... Ella, mujer de 30 años, mandaba; yo, apenas un chico de 18, obedecía intentando complacerla en todo. Su figura me seguía turbando porque, aunque no lo crean, yo todavía era virgen. Los dos transpirados por el calor y el esfuerzo.
De pronto ella dijo:
—No puedo más de calor —y sin más se sacó la polera.
No podía creer lo que veía. Quedó en sostén. Seguí ayudándola. Corriendo cosas, lo que pidiera. De acá para allá y de allá para acá. Por momentos me parecía que ella no quería terminar nunca de acomodar. En lo que a mí respecta, quería quedarme toda la vida ahí. Entretanto ya ni sabía donde poner mis ojos porque hay que estar frente a semejante mujer. Una mujer a la que de continuo le bailan los pechos y a cada rato se acomoda una teta. Cometí mil errores, tropecé, tiré para donde no debía tirar, me caí y todo lo que se puedan imaginar porque el sostén ese bailaba y bailaba sin piedad alguna, y encima ella cada tanto se paraba para volver a acomodarse una o la otra. Para colmo el sostén parecía chico, era chico. Aun hoy a sus más de 50 las sigue teniendo mayúsculas. Y yo, apenas un chico, veía todo eso y sentía sensaciones que no sería bueno de explicar frente a la abuela.
En uno de esos tantos acomodos, ella me rozó sin querer y sintió mi pico durísimo. Sonrió y me dijo:
—¿Qué te pasa? ¿Te gustan?
Y yo contesté con un tímido sí. Ella insistió con su:
—Dime algo, entonces, ¿ya tienes vello?
—Sí —otro tímido sí porque estaba frente a una mujer que me preguntaba intimidades y me arrasaba con la mirada.
—¿En serio te gustan tanto mis tetas? ¿Quieres ver una? Así no te distraes más, terminamos de acomodar y te vas.
Le dije que sí, aunque ni medio quería irme. Ya no podía con mi alma. Así que ella se descubrió la teta izquierda y… ay, mi dios.
—Ahora muéstrame tu vello.
—No, prima. Yo no muestro gratis, hagamos un trato: muestro si me muestras tú.
—Ya te mostré…
—Hablo de las dos juntas —no podía creer que le dijera eso pero ya se lo había dicho.
—Ah, eso quieres… —y se voló el sostén con toda naturalidad; era lo más hermoso que había visto en mi vida, unas tetas grandes, bellísimas, con pezones preciosos, una mujer hecha y derecha.
—Bueno, ahora bájate el short pero no todo. Sólo muéstrame el vello. No quiero ver más nada.
Así que ahí estábamos, ella en tetas y yo vestido, pero con mi muñeco haciendo una tremenda carpa en mi short. Ella sonrió. Yo estaba muy nervioso por lo que iría a pedirme. Bajé mi short y le mostré apenas mi vello púbico, muy por el lado de arriba nada más. Nada de mostrarle todo.
—Ah, primito, veo que ya eres un hombre. ¿Seguimos acomodando?
Por supuesto que lo que menos quería era mover muebles, lo único que quería mover era su cuerpo. Así que le dije: sigamos con el trato, te muestro más vello si te sacas la falda.
—Sácamela tú.
Yo me acerqué y empecé a tironear. Quería quitarle la falda arrastrando lo que tuviera debajo pero ella dijo como retándome:
—Sólo la falda, primo —así que fue sólo la falda la que cayó al piso.
—Esto no es justo —dije—. Yo te mostré mi vello y tú no. Muéstrame todo tu vello.
Se echó a reír:
—Es que no tengo vello. Estoy toda depilada.
—Igual quiero ver. Muéstrame tu depilación.
Nos reímos a las carcajadas.
—Entonces hagámoslo bien. Te quitas el short y yo el calzón, pero sin trampas, ¿Estamos?
Y ahí cayeron las dos prendas. Era cierto, estaba toda depilada. Mi muñeco al máximo. Se arrodilló y sentí que lo atrapaba con los labios. Era la primera vez que alguien me tomaba el pico. Cerré los ojos y le dije así, así, en tanto me quitaba la polera y quedaba desnudo como ella.
—Vamos a la cama de una vez —le dije y consintió.
Ya en la pieza me pidió que la besara abajo. Era justo, ella me lo había hecho antes. Sentí su jugo y me gustó, jadeaba y acababa como una perra, y no sólo una vez. De pronto se puso en cuatro patas y empezó a mover las nalgas.
—Vamos, primito, ¿no querías esto? —sus nalgas bailoteaban, era la primera vez que tenía una mujer para mí. No aguanté más.
—Por ahí nooooo. No, no… por ahí no…
Era tarde, yo no iría a parar. Así que apreté hasta enterrarle todo el muñeco. Gritaba como una condenada pero no se lo saqué. Al rato, más tranquila, movía sus nalgas pese al dolor.
—Es la primera vez que me lo hacen por ahí, maldito.
Un reproche que no era un reproche, más bien, un agradecimiento. Eso me entusiasmó. Busqué mi propia satisfacción, tirármela bien tirada al ver que ella se movía más y más. Al rato saqué el pico del lugar “equivocado”. No me dejó ir al baño sino que se acomodó y volvió a tomarme con la boca. Sentía su saliva que me lavaba y muchas ganas de tirármela de nuevo. Entrar en su choro fue una delicia, estaba mojado al máximo, me pedía que le entrara bien a fondo. Acabó un par de veces y enseguida sentí que me venía.
—Echa tu pipí afuera…
—Mi leche querrás decir —me hizo gracia lo de tu pipí, me seguía tratando como a un chiquilín.
—No te vacíes adentro, te lo ruego…
No quería quedar embarazada, yo tampoco quería que quedara, así que le hice caso. Lo único que faltaba era un drama familiar. Tirar está bien, preñar no. Saqué mi pico de su choro. La tomé de los hombros y se lo puse en la boca. Fue divino. Ella chupando y lamiendo como una perra en celo y yo bombeando, ayudándola a que me diera más y más placer. Su boca ya era una zorra, una zorra mojada. La sujeté por la nuca, ella intentaba decir algo, quizá un nooooo, pero como tenía su boca ocupada lo ignoré y seguí adelante. No tardé en venirme dentro. Ella no podía zafar, mi pene estaba a fondo y recibió mi semen que saltó con todo. Me puse perverso, no sé por qué, tal vez mis 18 años me daban permiso de ser medio loco… Lo cierto es que no le solté la cabeza y con una mano le tapé la nariz, tragó todo mi semen… Se enojó y tenía razón. Fui muy malo. Me castigó varios meses sin darme sexo. Hasta que aprendas a respetarme. Repito, estuve mal. Al fin de cuentas fue la mujer que me hizo hombre. Y la que me sigue haciendo hombre pese a nuestros matrimonios y a los años…


(Mi prima mayor)

sábado, 23 de mayo de 2015

Contribuido por el señor XX-26. Esto quizá date de mediados de la década de 1980.

Mi prima siempre fue muy resuelta, determinada. De chica parecía caprichosa y jodida, pero cuando creció eso se transformó en actitud.
No voy a decir desde cuando nos enganchamos en nuestras “exploraciones”, como ahora le dicen, pero sí que fue bastante antes de cuando ocurrió el relato centra objeto de esta historia. Son esas cosas, esas picardías que la curiosidad genera las que hicieron que nos gustáramos, que fuéramos cómplices para siempre.
Sus bien marcadas tetitas y esa manera de ponerse atrevida, esos juegos de mirarnos, nos llevaron a las primeras tocaditas. Tengo un año más que ella y me gustaba apretarle las nalgas dentro de la bombachita y a ella le encantaba restregarse la entrepierna contra mi muslo. Se me llenaba la cara de calor... y mi pene se endurecía en segundos; siempre a punto de explotar.
Uno de esos días, con ella mostrándome cómo le iban creciendo las tetitas, me tocó el pene por primera vez. Fue en una siesta... una de las tantas en que ambas familias nos juntábamos para comer y luego, cuando los grandes desaparecían, nosotros conversábamos, jugábamos y nos divertíamos… explorándonos. Recuerdo su pollerita corta o su short amplio, cosas que favorecían el ingreso de mis manos.
Ese día ella empezó a tocarme decidida. Creo que ya se masturbaba desde hacía mucho y quería ver cómo funcionaba eso conmigo. Durante su ejercicio, ya repetido de colocarse contra mi muslo y rozar allí su entrepierna, me pasó la mano por detrás del short hasta encontrar mi pene.
Aunque pequeño, mi pene ya estaba duro. Ella se rió, no sé si de nerviosa o porque le causó gracia, pero se quedó con el pene en la mano y lo retuvo atrapado, sin moverse ni moverlo.
Teníamos un cuarto en la escalera, de camino a la terraza, típico de casas viejas. Ahí fue donde ocurrió. Allí había una mesa que había sido de la cocina y unas sillas. Las usábamos para las tareas escolares. Cuartitos así lo tienen casi todas las casas viejas. Es curioso, nos cogimos con todo por primera vez hace más de treinta años, toda una vida. Y lo seguimos haciendo con cierta frecuencia, aunque ya esporádicamente. Pero… nunca me hizo sexo oral... Quizá alguna vez me lo haga.
Una vez escuché que entre primos no es incesto. Se basaban en que si la ley permite casar a dos primos, entonces es porque nada tiene de malo las relaciones sexuales entre ellos. Pero yo pienso que aunque no sea incesto igual da morbo... porque es algo prohibido, al menos por la sociedad, y eso es lo que vale. Porque digamos la verdad, ¿cuántos primos se casan con primas aunque la ley lo permita? Apenas unos pocos.
Además, en los tiempos de que hablo, hace treinta años o más, las chicas hasta iban a bailar acompañadas de la madre y no había mucho material para “informarse”, así que el primo / la prima venía a ser el campo de prueba ideal. Las turras de las madres te decían: con el primo /prima nunca, está prohibido, porque con tu primo / prima no podrías casarte y cosas así. Porque saben que es algo inmediato y frecuente, porque si te enamorabas de tu primo / prima era un lío. Y si te ponías de novio y después cortabas, era un gran bolonqui familiar. Por eso lo desalentaban… y lo siguen desalentando. ¡Tu hija sedujo a mi hijo! ¡No, no, decí mejor que tu hijo se aprovechó de mi hija! Así que nuestras madres se cuidaban mucho de decir que la ley permitía casarte con un primo. Las nuestras, la de mi prima y yo, no eran la excepción…
También estaban esas mentiras que se vuelven verdad de tanto repetirse. Como la de que saldrían hijos defectuosos, mi abuela decía eso cuando hablaba de las colectividades que sólo se casan con gente de su etnia.
Pero volvamos a mi prima. Obvio que tenemos un vínculo fuerte porque yo estoy casado y ella aunque ahora separada, se divorció dos veces, pero lo nuestro sigue aun después de treinta años. Alguien me dijo que algo así denota enamoramiento… y muy fuerte. Y debe ser cierto, una simple calentura no dura tanto. Encima mi prima se la pasa peleando con todo al mundo, inclusive ahora, que tiene más de cincuenta, pero conmigo tiene otra postura. Así que quizá ella esté enamorada de mí aunque no lo diga, aunque seguramente lo niegue si se lo planteo.
Otros dirán que lo nuestro es un cable a tierra que tenemos, pero más que cable me parece que es un pararrayos de aquellos… Voy a comparar. Cojo con mi mujer y cuando acabamos, se pone a hablar de lo que hay que hacer, si tiene que levantarse temprano... si hay que hacer compras, que si esto o lo otro, bla, bla, bla... Se cae en lo prosaico como diría un poeta. En cambio con ella, con mi prima, como es furtivo y cómplice, no existe nada alrededor. Todo es poesía aunque sé que ella misma se reiría de esta palabra.
Así aquel día, el de “nuestra gran exploración” mi prima me hizo sentir que yo ya estaba en condiciones de eyacular. Cuando tenía mi pene en la mano, durito... me vinieron ganas de sacudirla. Pero no lo hice ni se lo pedí, porque no sabía qué iba a pasar.
Después ella se puso de novio con mi amigo, así que ahí la corté porque tengo códigos. Incluso dejamos de tocarnos y masturbarnos. Estuvimos mucho tiempo sin hacer nada. Este novio fue su primera experiencia. Después se pelearon y no sé la causa.
Por fin llegó el gran día. Una Navidad la estábamos pasando en casa. Un calor de puta madre. Humedad y calor porteños. Y la típica... los viejos se fueron a dormir la siesta. Yo me empecé a reír, mirándola. Le dije que no había querido hacer nada con ella porque estaba de novia y encima con un amigo mío. No tardó en responder:
—Sos un boludo... —así de una, sin anestesia.
Me metió una mano en la entrepierna. Por encima del short. Ella estaba con un vestido tipo solera. Estaba estupenda, muy fuerte... hermoso cuerpo, buenas tetas, culo, ojos, boca... todo. A todo eso, súmenle la actitud: el combo perfecto. Se le llena la boca de saliva. Se le hinchan los labios. Se le pone la piel sedosa y brillante, lubricada. Sus tetas parecen explotar. Cuando acaba, es un manantial. Pero nunca me dice te quiero mientras cogemos. Repite mi nombre, eso sí. Pero tiene vergüenza. Aunque cuando no cogemos, a veces, sólo a veces, me dice: ¡vos no sabés cómo te quiero!
Así que ese día me besó en la boca. Me devoró la trompa. Tiene labios carnosos. Y repitió:
—Sos un boludo.
Miró para la piecita... la nuestra, la que ya casi nos habíamos olvidado. Hacía un calor insoportable. Así que le dije que no. Aparte, los viejos ya se iban a avivar si nos metíamos ahí... éramos grandecitos. La llevé de la mano al garaje. Mi viejo tenía un auto grande... un Falcon. La calentura me cegaba. Corrimos las butacas de adelante hacia el frente, lo más que pudimos. Me senté en el medio y ella me montó, a lo amazona, decidida, con iniciativa aunque vestida.
Empezamos besándonos. Me ponía las manos en las mejillas. Me quería coger y yo a ella. Yo con las manos en sus nalgas, las subía por la espalda, la tocaba. Y encima ese pelo... Nos acomodamos mejor y descubrimos sus tetas bajando los breteles de la solera. Creo que bajamos un bretel cada uno. ¡Qué tetas! Empecé a besarle los pezones. Aureolas redondas, grandes y rosadas, propias de una buena cogedora, casi del color de la piel.
Franela fuerte, bien fuete. La froté sobre la tanga. Ella se levantó un poco y corrió la tanga para el costado, así me invitaba a tocarla sin intermediario. La deseaba muchísimo. Y ella a mí…
Ella sobre mí. No se bajó nunca. Es más, siempre… siempre cogemos con ella arriba. Ella en posición dominante. Levanté el culo para bajarme el short. Era un short sin bragueta, no había otra. Ella vestida pero en lolas. Al bajarme el short, se me trabó en el pene. Tiré y en dos segundos estaba en bolas. Así que ella con las lolas al aire, la falda del solero recogida y la tanga puesta pero corrida hacia un lado. Como yo ya estaba en cueros arriba, al quitarme el short quedé en bolas. Agarró la pija y se la puso. No podía ser de otra manera. De un viaje... adentro. Estaba canchera. Creo que me adora aunque nunca lo diga.
Fueron segundos... como mucho un minuto, minuto y medio a lo sumo… ¡y me pegué una acabada tremenda! Fue mi primera vez y se lo debo a ella.
Seguimos un poco más con el pene adentro, pero con tanto jugo se me bajó un poco, además, la tengo chica...
Entonces se acomodó con la concha abierta en mi muslo y a pura franela acabó a lo loco. Yo le metí mano por todos lados: tetas, culo, todo... Ella parecía interminable. Tuvo  un orgasmo corto pero muy enérgico. Con los años, noté que tiene orgasmos según la ocasión. Por ejemplo, le hago sexo oral y explota enseguida. Yo tengo orgasmos de un minuto más o menos. A mí me apasiona como es, todo. Ella a veces acaba contra mi boca y después me coge y vuelve a acabar conmigo.
Estoy pasado de calentura... me vino todo esto a la mente y no puedo casi escribir. Me laten las sienes. Sintetizar en esa primera relación lo que fueron todas tus relaciones sexuales con ella quizá sea una hermosa historia de sexo pero también una hermosa historia de amor.

(Mi primera vez)


jueves, 7 de mayo de 2015

Contribuido por el señor XX-15. Habría tenido lugar desde principios de los años de 1980.

A mis 18 años, tía estaba de locura.
Ella andaba en los 39 años y mi tío por los 40. Ya verán por que lo nombro también a él.
Qué lomazo el de tía. Ya me calentaba verla desde muy pendejo.
Esa vez estaba con ellos dos en una fiesta que daban unos parientes en una casa-quinta. Mis viejos no habían querido ir porque estaban peleados con el que la organizaba.
Tía estaba hermosa, muy seductora, con sus tetas enormes y su culo parado, de cara perfecta además. Encima ese vestido negro, escotado, los ojos chispeantes.
Tío me notó el bulto y se avivó, en un aparte aprovechó para decirme:
—Sobrinito, me aburren estas fiestitas pelotudas con tipos que se creen piolas, salgamos a fumar. Dale, que hoy no están tus viejos.
Ella seguía charlando y riendo en medio de varios babosos que le hablaban al oído.
Nos fuimos a un banco alejado de la casa, entre unos árboles.
Esperaba que tío me pasara un cigarrillo pero me dijo en cambio:
—Dale, pelá —mientras él sacaba su miembro de la bragueta.
Yo no podía creerlo.
Pero tío agregó sonriendo: cuando se está caliente como lo estás vos, lo mejor es pajearse. Dale, no tengas vergüenza.
Al ver la verga de tío afuera, me dije: ¿si él lo hace por qué no yo? Nadie sabrá nada, pensé. Tía me tenía recaliente y esto me aliviaría. Así que nos pajeamos en paralelo, yo aceleraba cada vez que la oía reír a ella.
A tía se la escuchaba algo sacada. Los tipos seguro le seguían diciendo cosas al oído.
De pronto escucho que tío me dice: ¿te gusta?
—Sí, tío, nunca hubiera imaginado que me iba a hacer la paja con vos.
—No, sobrinito, no. No te me hagas el pelotudo, pregunto si te gusta tu tía, mi mujer.
No contesté.
De pronto él me sorprendió: dejame comprobar algo.
Y agarró mi pija cuando tía estaba riendo como loca. Se la oía lejana pero con claridad.
—Es obvio que te gusta tu tía, se te pone como piedra cuando la oís reír. Y lo entiendo, a mí también me la pone así su coquetería, fijate.
Y agarró mi mano y la llevó hacia su verga. Desde ese momento nos pajeamos en cruzada.
Cada tanto se escuchaba otra risa de tía, y ahí mi tío aprovechaba para decir: —¿Ves que te gusta tu tía?, ¿por qué no lo reconocés, boludo?
—Es que es tu mujer y encima hermana de mi vieja —estallé con impotencia.
—¿Y qué? ¿Te olvidás que soy primo de las dos? ¿Sabés el quilombo que se armó cuando nos enganchamos con tu tía?, ¿o no te contaron?
—Algo supe pero, bueno, eso ya pasó, ahora la tenés todos los días, es tuya.
—Seeeee, eso sí, mejor decí todas las noches, porque no sabés lo tremenda puta que es en la cama…
Por fin tío se decidió:
—¿Te la cogerías, eh, sobrinito?, ¿te cogerías a la tía?
No paró de pajearme hasta que me oyó decir:
—Sí, sí, sí, claro que me la cogería, la deseo desde que era chico, me hago unas pajas brutales por ella, es por la única que me pajeo.
En ese momento los odiaba a los dos.
—Bien, bien, eso quería oír, sos un pendejo valiente.
Pero agregué: no me jodas, tío, ella es una diosa y yo apenas un pendejo.
Y ahí tío me dice: sos un lindo chico… ¿quien te dijo que no le gustás?
Y seguimos pajeandonos cada cual por su cuenta.

Al fin le dije:
—¿Le gusto en serio, tío? ¿Me estás jodiendo, no?
—Mmm, dejalo por mi cuenta…
—¿Lo hablaron, tío? ¿Hablaron de mí?
—Quizá… no me acuerdo mucho, quizá. Pero eso sí, no será gratis, te la entrego sólo si te dejás conmigo, je, je.
Le dije que sí.

Después de la fiesta me dejarían en casa pero ella le dijo a tío:
—Antes de llevarlo a su casa, llevame a mí a casa, estoy algo mareada.
Mas al entrar me propusieron: ¿y si te quedás a dormir? Además tío agregó: tu prima está de vacaciones, te preparamos su cuarto, dale…
El cuarto de mi prima estaba frente al dormitorio de mis tíos. Así que me hicieron acostar y se fueron. Pero tío dejó las dos puertas entornadas, bien de guacho…
Al rato los oí coger. La cama de ellos crujía y tía jadeaba como loca. Desde mi cama podía ver la luz mortecina que salía del cuarto de ellos. Le tentación era muy grande.
Me levanté, abrí despacito la puerta de mi cuarto… En el pasillo se oían claramente los jadeos de tía.
Él la provocaba preguntando si se había levantado a alguno en la fiesta.
Ella decía que no, que no, sólo coqueteo para ponerte loco, para que después me hagas esto, lo sabés bien…
—Nunca estoy seguro, eh, sos muy putita, ¿sabías?
—Cortala, sólo te quiero a vos. Sos mi macho y lo sabés, hijo de puta…
Todo entre jadeos largos que después supe que eran orgasmos, tía acababa a montones por noche.
Para entonces yo estaba pegado a la puerta del dormitorio de ellos y me pajeaba como nunca.
De pronto oigo:
—El pendejo está en el cuarto de al lado, ¿te acordás?
—Sí, pero es nuestro sobrino. Basta, no seas guacho, ahhhhh…
—Síííí… llegá otra vez, guachita… Síííí… así, así… Pero qué, ¿acaso no es hermoso?, ¿dónde se consigue un pendejo así?, ¿un pendejo como nuestro sobrino, eh?
—No me hagas hablar que puede escuchar, cortala. No seas guacho.
—El otro día no estabas tan calladita cuando hablábamos de él, ¿te acordás, putita?
—Ese día estaba excitada, fue un momento. Ya pasó, cortala…
—¿Sólo un momento?, ¿sólo un momento? Te calentaste como una guacha con el pendejo toda la noche. Decías que te lo ibas a comer bien tiernito.
—Eso porque me pedías que lo dijera pero es mi sobrino... No, no, no, basta, no me hagas pensar en él.
—Vamos, confesá que te gusta, que te lo comerías donde fuera.
—Es hijo de mi hermana. No puedo, basta, pará… ahhhhh
—¿Y si no lo fuera?
—Si no lo fuera, quizá… ¿Ves que sos un guacho? Me hacés decir lo que querés cuando estoy en… ahhhhhhhhhhh
—Seeeee, putaaaaaa, te lo comerías como un caramelo, claro que sí. Te gusta, te gusta el pendejo…

De pronto no se oyó más nada, sólo un par de ruidos de sábanas.
—Ay, te pasaste… Dejame descansar un poco, estoy muerta.
Yo seguía con mi paja. Parecía que a mi tía, excitada al menos, yo le gustaba.
—Tiene buena pija el pendejo, querida.
—Queee, ¿se la viste?
—Se la vi en el baño.
—¿Durante la fiesta? Qué hijo de puta que sos —y sentí que se reía.
—Sí, la tiene mucho más grande que yo.
Tío exageraba a propósito pero ella dio un grito ahogado, loca de excitación. Por los ruidos era evidente que la estaba tocando, franeleando o algo así.
—Ves que te lo querés coger…
—No, no, no. No seas malo. No digas eso.
Y ahí le dice:
—Vamos, andá a buscarlo, perra, vamos que está al lado, andá.
—Ni loca.
—Andá a buscarlo que es hoy o nunca, dale.
—No, no. Me da vergüenza, es el hijo de mi hermana.
—Cortala con eso, andá que te lo perdés…
—Andá vos.
—No, no, tenés que ir vos.
—¿Por qué yo?
—Porque si voy yo, pensará que es una joda y además tenés que ir vos para que sepa que sos una putita buscona, mi amor.
Y ella volvía a llegar a otro orgasmo, llegaba a uno tras otro.
De pronto oigo que alguien se levanta y escapo para mi cuarto.
Me zambullí en la cama y esperé… ¿vendrían a buscarme?
Tardaban, sólo se oía un murmullo, parecían secretearse cosas.
No, no vendrían, yo estaba alzadísimo pero no quería tocarme para no manchar la sábana.
Al rato largo sentí que la puerta de mi cuarto se abría. Me hice el dormido.
Siento que alguien me sacude despacito.
Hago que me despierto.
—Acompañame a la cocina, tenemos que hablar.
Nos sentamos a la mesa.
Ella en camisón. Por momentos se le transparentaban los pezones. Unas aureolas enormes en medio de unas lolas increíbles.
Siempre la había visto vestida y aun así no lo aguantaba… Con esto sobrepasaba mi límite. Estaba para comérsela.

—Te tengo que hablar de algo muy delicado.
—Sí, sí, tía.
—Pero no lo tiene que saber nadie, ¿me lo jurás?
—Sí, sí, te lo juro, tía.
Me costaba mirarla a la cara, esas lolas me turbaban.
—Bien, tu tío dice que yo te gusto. Como mujer, digo, ¿es cierto?
Yo tenía vergüenza de contestar.
—Bueno, parece que no, es obvio que tu tío se equivocó…
Yo estaba vestido con un pantalón pijama de tío pero con el torso desnudo. Ella miraba mi pecho desnudo y de pronto bajó la vista hacia mi pantalón… Sonrió.
—Bueno, parece que de todas maneras algo te gusto —y se echó a reír.
Mi bulto ya alcanzaba dimensiones inconmensurables.
—Bien, pero lo que pase entre nosotros desde hoy en adelante no lo deben saber tus padres.
—No, tía.
—Nunca.
—Nunca, tía.
—Ni tu prima, ¿estamos?
—No, tía, ni mi prima ni nadie, lo juro.
Y me salió del alma:
—Te adoro, tía, nunca nadie sabrá nada…
Vi que se emocionaba, que ponía un tremendo beso en mi boca, uno que nunca olvidaré.
Nos levantamos besándonos. Sentí sus pezones puntiagudos contra mi pecho desnudo. Ella acariciaba mi pecho y mi pelo. Sintió mi erección a pleno allá abajo.
Mientras nos besábamos alcancé a ver de reojo a mi tío semiescondido detrás de la puerta entornada de la cocina. Pensé que se estaría pajeando.
Al fin tía me soltó y dijo:
—Este no es el lugar… ahora vendrá tu tío a hablarte.
Y salió de la cocina mirándome de costado y guiñándome un ojo.
Entra tío y me dice: parece que se entienden.
—Sí, sí, nunca diré nada.
—Más vale.
—Lo prometo, tío
—¿Estás dispuesto a cumplir? Te la entrego pero ya sabés...
—¿Delante de ella?
—Sí, delante de ella, dice que la excitaría más.
Ahí me di cuenta que ya lo venían hablando de hacía tiempo, no había duda.
El mejor trío es el que se hace con alguien muy cercano, nadie hablará nunca nada. Caí en la cuenta de que estaba por tener sexo con mi tía carnal y mi tío segundo, no podía creerlo.
Fuimos al dormitorio, ella estaba acostada.
—Ahí la tenés, toda, toda tuya, sobrino.
Me acerqué, tío a un costado de la cama.
Ella se incorporó, me dio la impresión de que temblaba.
Nos besamos de nuevo en la boca. Vi que tío le chupaba el pezón izquierdo, entonces bajé a chuparle el derecho. Ella jadeaba y gritaba como loca.
—Los dos a la vez nooooo…
Un no que quería decir sí. Era mi primer coito pero ya empezaba a entender los códigos. Tío se retiró y con tía nos empezamos a revolcar. Su cuerpo de hembra era increíble.
Y tío que incitaba: vamos, ¿eh?, vamos, guachito, cogétela de una vez... O bien: vamos, ahí tenés a tu sobrinito, a tu machito que tanto te gustó siempre…
La desnudé, ella me arrancó el pantalón pijama con los dientes. Era una pantera en celo.
Tío prendió el otro velador para que nos viéramos bien desnudos. Alcancé a ver de reojo que se hacía la paja. 
Los pechos de tía eran desbordantes, su cara, su piel blanca, su bosque entre las piernas, su pelo largo y lacio la hacían deseable como a nadie. Nos incorporamos, tenía entre mis brazos a la mejor hembra del mundo, ¡puta… que más se puede pedir! Tía me empujó hacia atrás, me ordenó: ¡acostate!, relamiéndose con cara de perra, de loba.
Le hice caso.
Se arrodilló en el suelo, a un costado de la cama, yo estirado con las piernas hacia ella. Sentí que su boca tomaba mi pene y empezaba a succionarlo. Al rato la sentí a mil por hora. Me excitaba el ruido obsceno que hacía al chupar. Era como un chapaleo que me ponía más y más.
—Pará que no aguanto, tía, por dios.
Entonces ella se lanzó sobre mí y clavó mi pene en su vagina. Tío seguía diciendo cosas como música de fondo. Ay, dios, qué vagina, cálida, preciosa, fue mi primera y mejor. Se movía como una gata, como una serpiente. Mi tío detrás de ella, pajeándose y diciendo: vamos así, así, puta, putita, putona, comételo bien comidito a tu sobrino, vamos que venís queriéndotelo garchar desde hace años… Ahora podés hacerlo, vamos, querida… Date el gusto.
—Así que me deseabas también, sobrinito… ¿y desde cuando?
—Desde muy chico, tía.
—Sos un degeneradito, ¿sabés? ¿Sabés que no está bien cogerse a la tía, eh?, ¿sabés que nadie lo hace? —y su cadera se movía en círculo como una calesita con mi pene bien plantado y mirándome a los ojos. Cerré los míos, quería concentrarme bien, quería sentir cada movimiento, cada sensación, cada cambio de temperatura. No todos los días se alcanza el cielo.
De pronto sentí una fuerte presión contra mi verga. No entendía, tenía mi pija dentro de tía pero sentía esa presión extraña. Abrí los ojos y vi que mi tío estaba detrás de ella, con cara de loco. CElla gozaba con todo, levantaba el torso y lo bajaba. Cambió el ritmo. Mi tío la bombeaba en la cola. Como un perro, mientras yo la tenía calzada bien por la vulva.
Ella le decía a tío que era tan degenerado como su sobrino mientras lo besaba. Lo besaba volcando la cabeza hacia un costado y hacia atrás.
—¿Por qué me obligan a una doble penetración, eh?, ¿porqué me obligan a esto? —ponía voz de inocente con cara de buscona.
Yo estaba por estallar mirando cómo esas lolas se movían hacia arriba y hacia abajo. Tío le recalcaba que era una puta de aquellas, que al fin la tenían bien cogida por ambos lados, que le iba a traer otro sobrinito para que se la pusiera en la boca o tal vez en una de esas dos. Ella insistía contenta en que éramos un par de degenerados y ella sólo una santa que violaban sin que pudiera defenderse.

De pronto, tío se levantó y se fue.
—Se fue, tía, se fue, ¡nos dejó solos!
—Se fue a lavar, después viene a ponérmela de nuevo, pero no creas que te vas a salvar…
Cuando tío volvió estábamos enganchados con todo con tía. No podía creer que la tenía para mí.
Como a la madrugada ya estaba extenuado. Pensé que tendría que pagar, pero tío me dijo: no, chiquito, hoy no.
La mañana nos descubrió abrazados con tía entre los dos. Mi cabeza entre sus enormes tetas, el pene de tío dentro de su vagina.
Con los años nuestro trío se afirmó por completo. A veces tío no participaba porque andaba cansado o porque sólo tenía ganas de mirar. A veces me decía que la llevara a un telo bien alejado, uno donde nadie nos conociera y que a la vuelta le contáramos. A veces yo miraba cómo se unían…
Aunque siempre estaban con eso de:
—Algún día tendrás que pagarle a tío, ¿sabés?
Pero nunca lo intentaron.
Creo que tío nunca fue bisexual y que ese juego era un aditamento más a nuestra perversión. Un juego para ver hasta dónde era capaz de jugarme por tía, hasta donde era capaz de adorarla…

(Mis tíos)